Volver a poner el cuerpo: la urgencia de la vida en 3D
El empacho de virtualidad, la vida en redes sociales y las esperas de las notificaciones consigue que se pierdan momentos importantes como un recital en vivo o un café con amigos. Por Sol Durini.
Si nos ponemos a pensar en cómo evolucionamos los últimos años, la respuesta es casi automática: “a través de una pantalla”. Pareciera que si no lo registramos, si no lo subimos o si no lo miramos por redes, el momento no existió.
Sin embargo , siento que este 2026 nos está marcando un límite, una especie de “empacho” de tanta virtualidad. El cuerpo y la cabeza nos están pidiendo a gritos volver a la presencialidad (Y no hablo de ir a trabajar a una oficina), hablo de vivir la vida en tres dimensiones.
Nos acostumbramos a conformarnos con el resumen de la vida de los demás. Miramos recitales a través de Instagram, vemos paisajes espectaculares en videos cortos y mandamos cariño reaccionando historias.
Pero nos estamos olvidando de lo que se siente que la música te vibre de verdad en el pecho al ir a un recital, o ese cansancio lindo que te queda después de una noche con amigos o de salir a bailar. (Por eso mismo cada vez que puedo armo el bolso y viajo, para ir a buscar esa experiencia palpable, cambiar el aire y recordarme a mí misma que el mundo real está ahí afuera esperando a ser caminado, no scrolleado).
Las experiencias posta no se pueden descargar de ninguna nube.
Hoy la verdadera revolución (y desafío también) es dejar el celular en el bolsillo o boca abajo en la mesa. Es volver a mirarnos a los ojos cuando compartimos un café. Es elegir salir a caminar, ir a un evento o juntarnos con amigos sin la necesidad de que una notificación nos interrumpa cada cinco minutos.
Empecemos a darnos cuenta de que el tiempo que pasamos consumiendo contenido digital es tiempo que le estamos restando a nuestra propia, y maravillosa vida analógica.
Mi columna-invitación de esta semana no es para las marcas, es para todos.
Es un recordatorio para que volvamos a poner el cuerpo. Que salgamos a buscar el sol en la cara, las charlas largas y esas vivencias que te hacen olvidar de que no tenías batería en el teléfono, eso sí, pero con la mente mucho más limpia y el corazón más contento.
Volvamos a vivir en modo presencial. Ahí es donde pasa la vida de verdad.
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