El más exitoso regreso a casa
Las razones detrás del éxito de Christopher Nolan: un elenco incomparable, una historia atrapante, la magia del cine, el canto de las sirenas y la benevolencia de los dioses.
El cine de vacaciones de invierno suele estar unidereccionado hacia aquellas historias infantiles, coloridas, que los grandes estudios preparan y reservan para esta época del año. Por eso, la llegada de “La odisea” a mitad del 2026 y como el título de más fuerza en una cartelera fuerte es una doble buena noticia. Primero, por la apuesta que signfica que la producción de tres horas ocupe un espacio central en la grilla; y segundo porque es una gran película.
Chistopher Nolan se consolida en el Olimpo de los directores menores de 60 años con la arriesgada intención de llevar al cine el clásico de Homero. Ya para el poeta griego llevar adelante su poema debe haber sido una empresa tan aventurada y peligrosa como la que imaginó para su personaje, héroe de la guerra de Troya que vuelve a su reino 20 años después.
La intención del director de “Batman, el caballero de la noche” fue captar públicos nuevos para el clásico con la convocatoria de un elenco impresionante, de garantizado talento y de un poder atractivo tan perturbador como el canto de las sirenas. Matt Damon es Odiseo, Anne Hathaway interpreta a una Penélope de carácter, Zendaya tiene apariciones certeras como Athenea, Tom Holland es un ingenuo Telémaco, Charlize Theron intepreta a una Calypso de acotada participación, Lupita Nyong’o es Helena –considerada la mujer más bella del mundo en el poema- y su melliza Clitemnestra; y Robert Pattinson es Antinoo, uno de los 108 pretendientes (en la película no está consignado el número) de la tejedora.
A ellos se suman una decena de actores de indudable carácter y la sorpresa del rapero Travis Scott, para quien el director inventó un pequeño papel.
No hace falta mucho esfuerzo para colocar a “La odisea” como una de las máximas candidatas al Oscar para el año que viene, pues la película tiene todo lo que la Academia suele premiar. La historia tiene una comprobada eficacia, los efectos hacen que las tres horas de filme sean una fiesta del cine en la que Nolan puso especial énfasis en las cuestiones técnicas.
En ese punto, el sonido repunta de manera excepcional cualquiera de las escenas que se producen en altamar o en la caverna de Polifemo; en el palacio de Penélope o en los ladridos de Argos. Pero ninguna es tan brillante y soprendente como la que describe el paso de los guerreros por la zona de las sirenas, con un guiño muy amable al espectador que es testigo del encandilamiento de Odiseo, atado al mástil del barco, ante el arrullo de las ninfas.
La respuesta del millón a los incondicionales del poema épico es que Nolan hace un intento mayúsculo por respetar el duro regreso a casa del rey de Ítaca, aporta de manera indiscutible a la promulgación de una obra maestra y, es cierto, se toma algunas licencias en la trama, como la omisión de Zeus y Poseidón -solo mencionados de manera elíptica- y una apresurada resolución en el final que tiene, no obstante, una larguísima escena de la batalla en la que Odiseo se deshace de los enamorados de su esposa.
Pero el mayor atrevimiento argumental que asume el director en su obra está relacionado al vínculo padre e hijo, con una curiosa manera de repartir las cargas. Mientras la película ni siquiera menciona a Leartes, el padre de Odiseo de trascendente paso en la pluma de Homero; hace especial énfasis, mayor al dedicado en el poema, al reencuentro entre el héroe y Telémaco, su único hijo.
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