SAN LUIS - Miércoles 01 de Julio de 2026

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El último linyera del asfalto

Algunas voces cantan, pero la del tanguero reo y rockero divertido vuelven de algún lugar. Se fue un poeta de cafés y de bares, un hombre que recordó que el arte no nació para ser prolijo. Por Fernando de Vargas. 

Por redacción
| Hace 2 horas

Se fue Daniel Melingo a los 68 años y la noche porteña se quedó sin el mejor cronista del subsuelo. El hombre que supo zurcir el desenfado del rock de los ochenta con el lamento arrabalero de los noventa apagó su voz como un trago de aguardiente. Dejó un vacío enorme en el empedrado de Chacarita y en el alma de este diario que hoy, reconvertido a lo digital, extraña más que nunca el olor a tinta para envolver su partida.

 

 

Melingo no cantaba el tango; lo habitaba como un fantasma de San Telmo. Fue el creador de una filosofía callejera y lumpen, un flâneur de la esquinita oscura que entendió que el lunfardo no era una lengua muerta, sino el pulso vivo de los marginados. Con su figura flaca, sus ojos de duende y su andar cansino, nos enseñó que la poesía no se busca en las academias, sino en los boliches de mala muerte, en el humo de los cafetines y en el andar de los desvelados.

 

 

Aunque su genio paseó por mil proyectos, fue su reconversión al tango sucio y de orilla lo que lo volvió inmortal. Quedarán para la historia sus obras cumbres, aquellas que perforaron la sensibilidad de nuestro tiempo: el quiebre fundacional de Tangos bajos—cuyo festejo de treinta años quedó debiendo para septiembre— y la madurez oscura de Maldito tango (2007) y Linyera (2014). Discos que no eran para bailar, sino para escuchar con el labio apretado y los ojos fijos en la nada.

 

 

 

Se fue el músico, el actor, el loco lindo que caminaba la cornisa de la cordura con elegancia. Melingo, un hombre que traía la noche en la garganta.

 

 

 

Algunas voces cantan. Otras vuelven de algún lugar. La de Daniel Melingo parecía venir desde el fondo de una calle húmeda, de un café que ya cerró, de una mesa donde quedó un vaso vacío y una conversación incompleta. Parecía una voz encontrada en la ciudad después de la lluvia. Una voz con barro en los zapatos.

 

 

 

Con él se va uno de esos personajes raros que aparecen cada tanto para recordarnos que el arte no nació para quedar prolijo. Tenía 68 años y había hecho de la música un oficio de caminante, de hombre de esquina, de filósofo de madrugada.

 

 

 

Pasó por el rock, atravesó el ruido y la electricidad, pero terminó viviendo en otro sitio: una patria hecha de tango, humo y sombras largas. Ahí encontró su idioma verdadero. O quizá fue al revés: el tango lo encontró a él. Porque hay personas que no eligen un destino; el destino las espera sentado en una silla, fumando, hasta que llegan.

 

 

 

Discos como Tangos Bajos, Maldito Tango o Linyera fueron algo más que música. Eran pequeños relatos de los que caminan solos. Eran el sonido de las ciudades cuando dejan de actuar para los demás y muestran la cara cansada que tienen a la madrugada.

 

 

Melingo parecía cantar por los olvidados: por el hombre que vuelve último a su casa, por el que perdió algo y todavía no sabe qué, por los derrotados que conservan una dignidad silenciosa. Cantaba para quienes conocen esa verdad callejera que nadie enseña: que a veces uno sigue andando simplemente porque detenerse duele más.

 

 

 

Esta noche hay una silla vacía en algún bar del arrabal. Y alguien, sin saber por qué, mira hacia la puerta esperando que entre un hombre flaco, con la noche encima y la tristeza acomodada como un sombrero. Nos queda su mitología de malevos modernos, su clarinete herido y esa certeza tan suya de que, al final del día, todos somos un poco linyeras buscando un refugio bajo la llovizna.

 

 

Buen viaje, maestro.

 

 

Aquí, la última mesa del fondo siempre va a estar reservada para usted.

 

 

 

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