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Lo que dicen los Nobel de la matemática

Ninguno de los 38 medallistas Fields desde 1990 llegó comprando el acceso: la vía más repetida es la escuela pública que selecciona por examen, muchas veces en países pobres. La receta es más barata de lo que creemos. Y ya la ejecutamos una vez. Por Alicia Bañuelos

Por redacción
| 20 de agosto de 2026

El 23 de julio, una mujer nacida en un condado rural del sur de China recibió la Medalla Fields, el Nobel de la matemática. Hong Wang tiene 35 años, resolvió junto a Joshua Zahl la versión tridimensional de un problema de geometría abierto desde 1917 y es apenas la tercera mujer premiada en noventa años. Pero el dato que a mí me desvela es otro: Wang es hija de dos docentes secundarios de pueblo, salteó dos grados en la primaria y entró a la Universidad de Pekín a los 16.

 

 

Cuando uno amplía la muestra a los 38 medallistas desde 1990, el patrón se vuelve estructura. Primero: la primaria es casi irrelevante y la secundaria es decisiva. Las primarias de los medallistas son perfectamente comunes; la bifurcación ocurre entre los 11 y los 15 años, y la vía más repetida son los mecanismos públicos de selección: el liceo físico-matemático soviético, el sistema iraní de detección temprana, las escuelas públicas "prioritarias" chinas. Ninguno de los 38 llegó comprando el acceso: aun los que pasaron por colegios privados entraron a la matemática por olimpíadas o becas por examen, por lo que el chico sabía, no por lo que la familia pagaba.

 

 

Segundo: el talento se detecta barato y temprano. Diecisiete de los 38 fueron medallistas de olimpíadas internacionales en la adolescencia. Un estudio de Agarwal y Gaulé, "Invisible Geniuses", siguió durante décadas a los olímpicos y encontró que un oro multiplica por decenas la probabilidad de una futura Fields.

 

El mismo estudio contiene el dato que debería quitarnos el sueño: a igual puntaje adolescente, los chicos de países pobres producen después un tercio menos. Los autores los llaman "genios invisibles". El talento se detecta igual en Lima que en París; se pierde en los diez años siguientes, cuando la tubería que debería llevarlo del sensor al laboratorio no existe.

 

 

Tercero: la aceleración funciona. El salto de grado es la intervención con mejor respaldo empírico de la literatura educativa: los acelerados rinden casi un año por encima de pares de igual capacidad, sin los perjuicios socioemocionales que todo el mundo predice y nadie encuentra. Y acá lo insólito: esto ya es legal. La Ley de Educación Nacional ordena desde 2006, en su artículo 93, la identificación temprana y la flexibilización de la escolarización de los alumnos con talentos especiales. Legislado y casi sin usar: el expediente arranca solo si un padre o un docente se da cuenta y lo pide, y darse cuenta exige saber con qué comparar, un conocimiento repartido tan desigual como todo lo demás.

 

 

El hallazgo que más me impresionó apareció al cruzar a cada medallista con su director de tesis. Las medallas se concentran en unas pocas familias académicas: Lions ganó en 1994; su discípulo Villani, en 2010; un discípulo de Villani, Figalli, en 2018. Abuelo, padre y nieto académicos con la misma medalla. Para un premio que se entrega a cuatro personas cada cuatro años, semejante repetición no puede ser casualidad. Hay algo que se enseña de maestro a alumno y no figura en ningún plan de estudios. No es el talento: es el criterio, aprender a distinguir qué problema vale diez años de vida y cuál no.

 

 

Brasil entendió esto y lo construyó a propósito: mandó a Jacob Palis a doctorarse a Berkeley con una beca de ida y vuelta, y Palis volvió a replicar en el IMPA de Río de Janeiro la escuela de su maestro. Brasil no arregló primero su sistema educativo: construyó una tubería corta entre un sensor barato, las olimpíadas, y un nodo que acumuló siete décadas de continuidad. En 2014, ese instituto puso al primer latinoamericano con Fields: Artur Avila, oro olímpico a los 16, doctorado a los 21 sin salir de Río.

 

 

Lo que casi nadie recuerda es que Argentina armó las tres piezas antes que nadie. En 1948, la UBA invitó a dictar un curso a Antoni Zygmund, uno de los grandes analistas del siglo. Entre sus oyentes había un ingeniero que trabajaba en YPF y estudiaba matemática casi de contrabando: Alberto Calderón. Zygmund lo detectó en semanas, lo convocó a Chicago, y de esa sociedad nació la escuela Calderón-Zygmund, una de las más influyentes del siglo veinte. La conexión quedó sembrada acá: Calixto Calderón, hermano de Alberto, dirigió en la UBA la tesis de Luis Caffarelli, que en 2023 ganó el Premio Abel, el otro Nobel de la matemática, primero para América Latina, formado de punta a punta en la universidad pública argentina. Solo que nuestra cadena no acumuló: Caffarelli se doctoró en 1972, al año siguiente se fue, y toda la carrera que el comité noruego premió transcurrió en el exterior. Dimos el fruto más grande posible y lo exportamos.

 

 

Las medallas no se heredan, pero los criterios sí: viajan de maestro a alumno, en años de trabajo compartido, y solo se necesitan sueldos que no expulsen y tiempo que no se interrumpa. Un país que quiere entrar al podio no necesita esperar un genio ni refundar su sistema educativo. Necesita un eslabón: detectarlo si ya está acá, repatriarlo si no, y dejarlo en paz el tiempo suficiente.

 

 

La lección excede a la matemática. La expulsión de miles de científicos en los últimos dos años no es un dato aislado: es la fractura de la cadena de transmisión del saber. Si el IMPA necesitó siete décadas de continuidad para poner a Brasil en el podio, ya sabemos cuánto cuesta recomponer una cadena cortada: ese es el daño profundo que hipoteca nuestro futuro y que nos tomará, por lo menos, dos generaciones reparar.

 

 

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