El peligro de las arengas infantiles y la violencia invisible en el fútbol
A partir de una situación que se vivió en una cancha de fútbol infantil de San Luis hay que reflexionar sobre qué decirle a los chicos antes de salir a la cancha. El deporte infantil no es un campo de batalla; es una escuela de vida. Por Lahila Berardi.
Como profesional que acompaña el desarrollo mental de deportistas y observa el deporte en las canchas, hay escenas que no solo llaman la atención, sino que obligan a detener la mirada y hacer una pausa. Me tocó presenciar una situación previa a un partido de la” categoría 2016” que me sorprendió. Los chicos —de apenas nueve o diez años— se abrazaron en ronda para realizar la clásica arenga de equipo. Como en cualquier encuentro de edades formativas, esperaba escuchar palabras de aliento, unión, el choque de manos y la alegría compartida por salir a la cancha.
Sin embargo, lo que retumbó en esa ronda me provocó un enorme estupor, no solo por el contenido de las palabras, sino por la absoluta naturalidad con la que fue expresado y recibido por todos los presentes:
“¡Máquina de guerra, máquina de guerra! ¡Máquina de muerte, máquina de muerte! Estoy preparado para el trato duro... Estoy preparado para el trato fuerte...” Estoy preparado" "Dicen que estoy loco. Dicen que soy loco. Loco, pero loco. Loco, pero loco"
Ver a chicos tan pequeños repetir semejante letra a los gritos, abrazados en equipo, me impactó profundamente. Al investigar el origen de esta estrofa, descubrí que proviene de un cántico de entrenamiento militar colombiano, diseñado exclusivamente para contextos de combate. Cabe preguntarnos entonces: ¿qué hace un cántico militar en la boca de un niño que solo debería estar preparándose para jugar al fútbol?
Aquí es donde debemos detenernos a pensar en la responsabilidad institucional de los clubes y el rol fundamental de los entrenadores en las etapas formativas. El deporte infantil no es un campo de batalla; es una escuela de vida. Cada palabra, cada gesto y cada ritual que les transmitimos moldea su mente y sus valores. La arenga pre-partido tiene una función clara en la psicología deportiva: busca enfocar la atención, activar la energía corporal de manera óptima, generar unión de equipo y reforzar la confianza. Pero activar la energía jamás debe confundirse con incitar a la violencia. En edades formativas, la arenga debe transmitir valores: juego limpio, disfrute, superación personal, compañerismo y respeto.
Los entrenadores no solo enseñan aspectos tácticos o técnicos; son educadores emocionales. Transmitir cánticos militares para "motivar" refleja una confusión peligrosa entre la intensidad deportiva y la agresividad desmedida.
La reflexión también debe invitar al compromiso de las familias. Como padres en la tribuna, ¿qué mensaje estamos validando cuando escuchamos estas frases y las aplaudimos o las dejamos pasar con total cotidianidad? Tolerar que nuestros hijos se definan como "máquinas de muerte" para salir a ganar un partido es naturalizar una violencia simbólica que luego se traslada a la vida diaria.
Cuidar la infancia en el deporte es tarea de todos. Las palabras construyen realidades y los niños no necesitan ser soldados; necesitan espacio para aprender, formarse como buenas personas y, sobre todo, jugar. Al final del día, cuando se apagan las luces de la cancha y se sacan los botines, la verdadera pregunta que nos queda es: ¿qué tipo de deportistas —y de personas— estamos ayudando a formar?
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