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"Nací, fui criado y voy a morir trabajando en este negocio"

Por redacción
| 03 de febrero de 2014

Zapatero. Ese es el oficio en el que Francisco Sindoni comenzó a trabajar en su juventud y lo llevó a convertirse en uno de los comerciantes con mayor trayectoria en la ciudad y en la provincia, con más de 70 años de servicio.
A sus 91 años y a casi tres cuartos de siglo de dedicarse al polirrubro, Francisco tiene la convicción de que nació para dedicarse a su negocio, una afirmación que puede comprobarse con sólo visitar su local que está ubicado sobre la avenida Justo Daract al 1400, el único que tuvo toda su vida y en el que funciona la tradicional “Casa Sindoni”, donde entran clientes cada dos y cinco minutos.
“Siempre atendí mi negocio, lo hice yo mismo. Trabajo con artículos varios pero principalmente tengo productos de pesca que es algo que siempre me gustó. Tengo cosas muy antiguas desde que abrí y que todavía están en su empaque original. Los almanaques son de los más viejos que tengo, que es de todo un poco”, dijo Francisco, rodeado de múltiples productos de todas las épocas, que hacen que su local parezca congelado en el tiempo.
Ante el consumismo desechable que trajo la globalización de los últimos treinta o cuarenta años, “Casa Sindoni” es un viaje al pasado. Las cajas añejadas de los artículos tienen algo en común: la mayoría exponen la leyenda “industria argentina”, que hacen recordar cuando la producción nacional gozaba de buena salud, hasta que la novedad de lo importado la convirtió en objeto de coleccionistas, románticos o simplemente nostálgicos. Entre las rarezas, se destacan las trampas para leones, zorros y ratones, estas últimas hechas de madera, idénticas a las que suelen aparecer en los dibujos animados.
“Soy hijo de italianos, nacido en San Luis en este mismo local, fui criado y voy a morir acá trabajando. Cuando vinieron, mi madre era comerciante y mi padre se instaló en Laboulaye (Córdoba) y años después falleció. Más tarde murió mi madre a los 86 años cuando yo tenía unos 8 años. Aprendí el oficio de zapatero cuando tenía 22 años gracias a mi tío que se dedicaba a ese trabajo. Él me regaló la máquina y varias herramientas que tenía porque había dejado de producir y las aproveché. Me dediqué a la zapatería más de 30 años”, señaló Francisco, quien armó el negocio de su vida de a poco y con mucho esfuerzo. “Primero compré una vidriera y después otra y otra, hice el salón y empecé a hacer una estantería y otra, y así me fui formando”, agregó.
Uno de los peores episodios que le tocó vivir como comerciante fue un asalto brutal en el que resultó golpeado y herido por los delincuentes. Eso motivó que en la actualidad atienda a sus clientes detrás de unas rejas, lo que le da al local un aspecto carcelario.

 

"El médico dice que él se mantiene vivo gracias a que todavía atiende el negocio"



“Terminé en el sanatorio. Tenía puesto un pullover que quedó todo ensangrentado. El doctor Neme, que vivía en el barrio, me subió a un auto y me llevaron rápido para tomarme la presión y ver si era grave”, recordó Francisco.
Pero para equilibrar esa desdicha, también contó sobre el tiempo que dedicaba a su actividad preferida, la pesca, cuando no trabajaba: "Me iba en bicicleta hasta el dique Cruz de Piedra o al Potrero de los Funes".
Cuando Francisco cumplió 70 años, a mediados de la década del noventa, un amigo le aconsejó que se retirara del oficio. Y le hizo caso, pero a medias: si bien tramitó la jubilación nunca bajó la persiana de su local. "Si no, me aburriría y además los ingresos no alcanzan para vivir", afirmó.
Lo de mantenerse entretenido está justificado y su negocio es literalmente su vida, ya que representa la única actividad del veterano comerciante, que nunca se casó ni tuvo hijos. Atiende a sus clientes unas ocho horas diarias de lunes a viernes (en verano sólo abre por la mañana) y el sábado sólo lo hace hasta el mediodía.
Por la avanzada edad que tiene el último de los siete hermanos Sindoni (a mediados de la semana pasada la hermana de Francisco, María Isabel, murió a los 96 años), su sobrina, Lidia, es la que le ayuda con todo lo relacionado al local y además vive con él.
"Es una tradición en la ciudad. Tenemos clientes fijos que vienen siempre porque saben cómo se los atiende y que los precios son buenos. Nunca hicimos publicidad ni en televisión, radio o el diario, la gente nos conoce por el boca a boca, como era antes", aseguró Lidia, quien le tiene listo el almuerzo a Francisco, religiosamente, todos los días a las 12:30, hora de cierre.
 

 

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