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"Che", del niño lector al hombre revolucionario

Alta Gracia, donde pasó su niñez y forjó parte de su carácter, y Santa Clara donde se “graduó” de guerrillero y descansan sus restos, atesoran historias singulares del argentino que murió hace 50 años y que soñó una revolución para todo el continente.

Por Pablo Petrolini
| 09 de octubre de 2017
Fidel, Raúl y el "Che". En una de las tantas charlas.

Un alero con tejas coloradas y desteñidas, techos de chapas verdes, tres arcadas, una galería. Sólo la figura forjada en bronce de un niño sentado con sus pies colgando al vacío, le ha cambiado la fachada a “Villa Nydia”, el chalet inglés donde vivieron los Guevara de la Serna en Alta Gracia, Córdoba. Llegaron allí en 1932 en busca de un alivio para el asma que sufría Ernestito, el primero de sus cinco hijos. El pequeño había nacido en Rosario, en 1928, en medio de un viaje que sus padres emprendieron desde Caraguatay, Misiones (donde poseían un yerbatal de 200 hectáreas) a Buenos Aires. Tras el nacimiento, los Guevara debieron prologar su estadía ya que Ernestito había contraído neumonía bronquial.

 

 El aire puro de las sierras no resultó la cura mágica para el mal que acompañaría a Ernesto Guevara de la Serna hasta sus últimos días. Pero Alta Gracia se convirtió en la ciudad donde vivió más tiempo de forma estable.  Allí pasó su niñez y adolescencia.

 

En la década del 30, Alta Gracia era un pueblo de unos 10 mil habitantes, de aspecto semirural, elegido como lugar de descanso de las clases acomodadas porteñas y cordobesas. La casa de los Guevara de la Serna, hoy convertida en museo, era punto de reunión para sus hijos y los amigos de sus hijos, sin diferencias de clases. Ernesto lideraba una barra que integraban Fernando Romero, los hermanos José y Enrique Martín, Juan Aguilar, Ariel Vidosa, Carlos Figueroa, José Manuel Peña y “Calica” Ferrer, entre otros.

 

No fueron sus días en Alta Gracia los que lo convirtieron en el “Che”. Pero once años en las sierras moldearon parte de su carácter. Era amiguero y generoso. Por eso un día llegó de la escuela sin guardapolvo, ya que se lo regaló a un compañero a quien le habían robado el delantal a un costado de la canchita, mientras jugaban a la pelota. Con su asma fue desafiante y temerario porque, salvo en los momentos en los que los ataques se volvían agudos, no se privaba de jugar a la par de sus amigos.

 

Mientras cursó sus estudios primarios en las escuelas públicas, “San Martín” (2° a 4° grado) y “Santiago de Liniers” (5° y 6° grado) fue un niño travieso e inteligente que, estimulado por su madre, se convirtió en un gran lector. Pero también le gustaba internarse en el monte a realizar “excursiones” o jugar a la “guerra”, seguramente inspirado en los relatos que escuchaba sobre la Guerra Civil Espa- ñola, ya que su casa se convirtió en una especie de “refugio” de algunos exiliados republicanos que llegaron al país a fines de los ‘30.

 

Cuando los Guevara de la Serna se fueron a vivir a la ciudad de Córdoba, Villa Nydia, pasó de mano en mano hasta que el municipio de Alta Gracia la declaró “Bien Patrimonial”, la compró en el año 2000 y al año siguiente, el 14 de julio de 2001, abrió sus puertas como “Museo Casa Ernesto Che Guevara”. Apenas cinco años más tarde recibió las visitas más ilustres: Fidel Castro y Hugo Chávez (en ese entonces presidentes de Cuba y Venezuela respectivamente), recorrieron la casa y se sacaron la histórica foto junto a la escultura del “Che niño”, esa que está en el ingreso, con los pies colgando al vacío.

 

La casona está distribuida en 11 salas que repasan la vida del “Che" con objetos, fotografías y documentos. Allí está la réplica de la bicicleta con motor “Micrón” con la que a los 22 años recorrió 12 provincias argentinas (pasó por San Luis aproximadamente entre el 13 y el 15 de febrero de 1950, aunque no hay registro en los diarios de la época). También una motocicleta Norton 500, similar a “La Poderosa II” con la que recorrió parte de Latinoamérica junto a su amigo Alberto Granado, quien lo apodó “FuSer” (le gustaba llamarlo “Furibundo Serna” debido al ímpetu que ponía el Che para jugar al Rugby).

 

Ese viaje es el que relata la película “Diarios de Motocicleta”, protagonizada por Gael García Bernal y Rodrigo de la Serna en 2004.

 

El museo ha restaurado la habitación con la ropita que usaba “Teté”, (como lo llamaban cariñosamente sus padres). Estacionado, al pie de la cama, hay un triciclo y un monopatín finitos, de caño. Y de las paredes cuelgan fotos de su infancia, con su familia, sus amigos, retratos familiares en sepia. Otra de las salas conserva una vieja cocina a leña, libros, una máquina de escribir, un escritorio, su acta de nacimiento y su matrícula de médico.

 

Con el paso del tiempo el patio ya no es el mismo en el que jugaba Ernestito. Ya no está el cañaveral que llegaba hasta la calle que corre por detrás y que los amigos usaban como ingreso “secreto”. Tampoco los frutales, la canchita de fútbol o el cedrón que sufría los pelotazos de cada partido. En ese patio casi vacío, hay ahora una figura del “Che” también forjada en bronce y de tamaño natural. Está sentado, habano en mano, sobre un banco de madera, sonriente, con su boina.

 

En 1943 Ernesto y su familia se mudaron a la ciudad de Córdoba donde asistió al Colegio Nacional Dean Funes. Después se trasladó a Buenos Aires a un departamento de la abuela paterna, Ana Isabel. La mujer enfermó, Ernesto la cuidó durante 17 días, y cuando murió, le anunció a su familia que estudiaría Medicina. Al año siguiente se matriculó en la UBA. Se recibió en 1952. En el medio realizó cuatro viajes: el primero en una bicicleta con motor y el segundo a bordo de un buque de YPF, como paramédico. Los otros dos fueron travesías por Latinoamérica (ver infografía) que culminaron en México, donde conoció a Fidel Castro. De allí en más la historia es más o menos conocida: el Granmma y sus 80 hombres, los días en la Sierra Maestra, la batalla de Santa Clara y el ingreso triunfal a La Habana, el 8 de enero de 1959.

 

Santa Clara, la ciudad que lo adoptó

 

El 29 de diciembre de 1958, Santa Clara amaneció con barricadas en sus calles. En los días previos el “Che” Guevara había sitiado la ciudad que está ubicada casi en el centro de la isla de Cuba, a 280 kilómetros al este de La Habana. Los 300 hombres que integraban la columna N°8 “Ciro Redondo” que él comandaba (otras dos avanzaban rumbo a La Habana al mando de Fidel Castro y Camilo Cienfuegos) lucharon bajo una estrategia militar de guerra de guerrillas contra 2.000 soldados leales al régimen del presidente de facto, Fulgencio Batista.

 

Aquella mañana, el ejército reforzó los ataques aéreos contra los rebeldes. Pero la suerte estaba echada: la noche anterior el “Che”, al mando de 18 hombres, había destruido parte de las vías que atraviesan la ciudad y llegan hasta La Habana. El objetivo era frenar los refuerzos que transportaba un tren blindado con destino a la capital cubana.

 

La fuerza de una rudimentaria “Bulldozer” amarilla (una pequeña topadora que se usa para movimientos de suelo) alcanzó para sacar los rieles de su lugar e impedir el paso del convoy que llevaba dos locomotoras verdes con una franja amarilla y un letrero que decía “Cuba”; 18 vagones y 408 hombres cargados con pertrechos militares, en especial ametralladoras, cañones y bazucas. El descarrilamiento no sólo dejó a Batista sin refuerzos, sino que además generó una batalla en condiciones desiguales ya que el “Che" y sus hombres sólo contaban con fusiles y botellas incendiarias. Al cabo de una hora y media lograron la rendición de las tropas leales al régimen.

 

En ese mismo lugar donde hace casi 59 años el “Che” y sus hombres frenaron aquel tren y sellaron para siempre el triunfo de la revolución, se encuentra el “Parque del Tren Blindado”. Es una especie de museo al aire libre donde una foto gigante del “Che" recibe a los visitantes acompañada de la frase: “Del combate diario a la victoria segura”. Allí está la “Bulldozer” amarilla, con su pala y su oruga. La pusieron en un pedestal, acompañada de una leyenda que reza: “El pueblo villaclareño erige este monumento a los combatientes de la batalla de Santa Clara”.

 

Estampada sobre un monolito que mide casi cinco metros, una breve crónica relata cómo fue aquel asalto al tren. Cuatro vagones que pertenecieron al convoy original son exhibidos con sus amplios postigos abiertos. Dentro de ellos es posible encontrar documentos, proclamas, fotografías y réplicas de armas como las que capturaron los rebeldes. También algunas semblanzas como la de Roberto Rodríguez, “El Vaquerito”, uno de los hombre preferidos del “Che” a quien describe como “pequeño de edad, jefe del Pelotón Suicida, quien jugó una y mil veces con la muerte, en la lucha por la libertad”.

 

La batalla de Santa Clara consagró al “Che" como estratega a pesar de no tener formación militar. “El ‘Che’ —dijo Fiel Castro— era un artista de la lucha guerrillera y lo demostró, sobre todo, en su audaz ataque a la ciudad de Santa Clara, penetrando con una columna de apenas 300 hombres en una ciudad defendida por tanques, artillería y miles de soldados de infantería”.

 

El lazo entre Santa Clara y el “Che" nunca se cortó. Treinta años después de su muerte (1997) los restos del argentino–cubano fueron encontrados en Bolivia, en el poblado de Valle Grande, cerca de una pista de aviación. Fueron expatriados y llevados a Cuba. El 17 de octubre de 1997 volvieron a la ciudad que nunca lo despidió.

 

Un hombre que mira a su Patria

 

 Santa Clara es “la” ciudad del Che. El memorial levantado en su honor es imponente. Está ubicado en las afueras, y ocupa un predio a ambos lados de la Avenida de Los Delfines. Del lado oeste hay una plaza monumental que lleva su nombre y donde se destaca una gigantografía con una frase de Fidel: “Queremos que sean como el ‘Che’”. Son casi 18 mil metros cuadrados (capaces de albergar a 80 mil personas) que rematan en dos fuentes en forma de estrella, similares a las que tenía el Che en su boina.

 

Del otro lado de la avenida flamea una bandera cubana, inmensa. Sobre un mural de cemento blanco (no hace falta detallar que es gigantesco) están talladas en sobrerrelieve distintas etapas de la lucha revolucionaria, desde la llegada a Sierra Maestra, hasta la batalla de Santa Clara. Se lo ve al “Che", a Fidel, a Camilo Cienfuegos. Dos canteros de unos dos metros de alto ofrecen de manera perpetua flores al hijo eterno de Santa Clara. Otro, que mide seis metros, tiene tallado desde la primera hasta la última letra de la carta de despedida que el “Che” le dejó a Fidel en 1965, cuando partió al Congo.

 

El centro del memorial lo domina la estatua del “Che” realizada en bronce. Mide 6,80 metros de alto, pesa 20 toneladas y está montada sobre una plataforma de 16 metros. Debajo se lee “su” frase: “Hasta la Victoria Siempre”. El “Che” está mirando al Sur, a su PATRIA, va caminando con su uniforme de guerrillero, su brazo izquierdo enyesado (así llegó a Santa Clara en 1958), y en el derecho un fusil M-2.

 

Para ingresar al mausoleo hay que rodear el inmenso monumento, como si se ingresara por detrás. Nadie puede entrar con cámara de fotos. Un silencio profundo acompaña la cripta donde sobre una pared recubierta de piedra, el rostro del “Che” modelado en arcilla marca el sitio donde están sus restos. A los costados están también los guerrilleros que lo acompañaban cuando lo mataron en Bolivia. Al salir de esa sala se ingresa a un museo extenso, rico en objetos personales y donde los guías, todos santaclareños, son tan celosos que muchos se niegan a traducir al inglés cada una de las referencias.

 

El “Che” fue capturado en Bolivia, en la Quebrada del Churo, el 8 de octubre de 1967. Había llegado 11 meses antes con la ilusión de llevar su revolución pero no había resultado. Al día siguiente fue ejecutado en La Higuera y su cuerpo exhibido en la lavandería del hospital. Allí se tomaron esas fotos que se convirtieron en ícono: tendido, algo sucio, con el torso desnudo y sus ojos abiertos que parecen mirar a la cámara. El cuerpo desapareció. Hasta que en 1997, antropólogos argentinos y cubanos lo encontraron. Y regresó a Cuba. Y regresó a Santa Clara.

 

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