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"Canticuénticos" conquistó a chicos y grandes en San Luis

El sexteto convirtió el Mauricio López en un jardín de infantes donde padres, chicos y señoritas bailaron y aprendieron.

Por redacción
| 02 de mayo de 2018
Que se vengan los chicos. Los rosarinos hicieron bailar al auditorio. Foto: Nicolás Varvara.

El fenómeno "Canticuénticos" parece no conocer fronteras. En San Luis consiguieron lo que consiguen en todos lados: que grandes y chicos se unieran detrás de sus canciones pegajosas como caramelo derretido. Mil personas en dos funciones el lunes a la tarde le pusieron números y hechos a esa realidad.

 

El auditorio Mauricio López fue el escenario del regreso del sexteto rosarino que construyó su carrera en base a un plan simple y metódico que consiste en considerar que no hay razones para hablarles a los chicos como si fueran tontos. Dos funciones a sala llena -como ocurrió en su debut puntano, hace dos años- fueron la respuesta inmediata.

 

Tal vez el mayor mérito del grupo haya sido posicionar sus canciones en el público infantil sin necesidad de usar la televisión como medio de difusión. Internet y las maestras jardineras sirvieron como buen método de divulgación para que los chicos empezaran a conocer primero y disfrutar después de sus creaciones.

 

En cierto punto es contradictorio porque, sin proponérselo directamente, el grupo invita a través del mensaje implícito de sus canciones a los chicos a alejarse de los dispositivos móviles y de toda la oferta tecnológica de la que disponen, pero son esos mismos vehículos por donde se escuchan.

 

El costado de las maestras jardineras también tiene su explicación. Muchas docentes, en la búsqueda por acrecentar el material que dispondrán en las aulas, encontraron en "Cuanticuénticos" una formación ideal que les da la posibilidad de hacer jugar a los chicos con una propuesta renovada y fresca.

 

De hecho, la presencia de muchas profesoras de música de nivel inicial y de docentes de jardín de infantes en el recital del lunes corroboran esa teoría.

 

Tres cantantes mujeres que eventualmente tocan la flauta dulce son el frente de un combo musical que se completa con una guitarra desabrida, un bajo necesario y una batería imprescindible que tiene en Nahuel, su intérprete, como su punto más alto en el contacto con los más chicos.

 

Los conciertos puntanos fueron un recorrido por los cuatro discos que los rosarinos llevan grabados, con especial énfasis en el último "¿Por qué por qué?", del que hicieron "Acá tá", "Un remolino" y la canción que bautiza al álbum, en el que el grupo se permite alguna pregunta de tinte social de manera específica, como pocas veces antes en su carrera: "¿Por qué algunos chicos trabajan si el trabajo es cosa de grandes?".

 

Otro punto saliente en la estructura de "Cuanticuénticos" es la combinación de historias infantiles en ritmos folclóricos, por lo que podrían considerarse descendientes directos de "Los Arroyeños", pero con remeras de colores y poco más de teoría pedagógica.

 

Esa conexión hace posible que el grupo haya rescatado de su viejo repertorio el huayno "Quiero para mí", el chamamé "El mamboretá" y la cumbia "Tra tra que tra", antes de inmiscuirse en su personaje insignia: el monstruo de la laguna.

 

"Cumbia del monstruo" y "Viene para acá" -dos canciones con el mismo personaje y el mismo ritmo irresistiblemente bailable- sirvieron para que todo el auditorio se pusiera de pie y convirtiera el lugar en una bailanta Sub 10, acompañados de sus padres. Por alguna razón, "La murga del monstruo", el tema que completa la trilogía y que está en el nuevo disco no estuvo presente.

 

Para mantener el baile -que fue interrumpido con la canción de cuna "Noni noni"-, el grupo propuso dos grandes canciones de su disco anterior: "Santo remedio", sobre la vehemencia de los berrinches infantiles y el acoso de los problemas en la escuela primaria; y "Bate con la cucharita".

 

Todo, mientras algunos chicos se quedaron en las butacas y otros (lo que harán el pogo dentro de unos años) prefirieron adelantarse hasta la parte más cercana al escenario. Algunos, incluso, se treparon hasta el proscenio ante la libertad que le permitieron los músicos y la indiferencia de sus padres.

 

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