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Evalúan el nivel de metano que emana la ganadería

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Evalúan el nivel de metano que emana la ganadería

Juan Luna

Un grupo de investigadores del INTA de Villa Mercedes estudia la cantidad de gases que generan diferentes dietas vacunas y cómo contribuyen al llamado efecto invernadero.

La investigación que un equipo del Inta de Villa Mercedes realiza sobre la emisión de gases de diferentes tipos de dietas que se utilizan en la ganadería, es un claro ejemplo de cómo se puede aplicar el ingenio y encontrar alternativas cuando no se cuenta con los recursos ideales y necesarios para lograr un objetivo.

Porque los altísimos costos de los equipos que los técnicos requerían para medir la cantidad de metano que liberan el rumen de las vacas al consumir sus alimentos, no fue un freno para que pudieran dar los primeros pasos de un estudio que aún está abierto y que pretende echar un poco más de luz sobre el impacto que la actividad puede tener sobre el medio ambiente.

La idea surgió hace varios años y fue el tema principal de la beca doctoral en biología que realizó Laura Guzmán, quien desde el 2012 forma parte del área de Producción Animal de la estación experimental. La investigadora y sus compañeros se pusieron manos a la obra en busca de asesoramiento y se contactaron con colegas de otras partes del país que realizaban estudios similares y que incluso integraban protocolos internacionales sobre el cambio climático, como el de Kioto.

Así conocieron que en los diferentes métodos para medir la cantidad de gases que hay en el ambiente estaban fuera de su alcance. "Se utilizan ciertas cámaras que no estaban en Argentina en ese momento (ahora hay dos que todavía no están en funcionamiento), y también con otra técnica que es el hexacloruro de azufre. Son metodologías estandarizadas que requieren mucha mano de obra y equipos muy costosos. Por eso se hacen en lugares puntuales y en grandes equipos de investigación", explicó la ingeniera agrónoma.

Lejos de convertirse en un freno para el proyecto, Guzmán y sus compañeros comenzaron a pensar ideas más cercanas a sus posibilidades y que, al mismo tiempo, terminaron por recortar un poco la brecha que existe entre lo que se investiga y lo que está al alcance de los productores, quienes en definitiva deberían ser los destinatarios de toda la información que obtengan.

La solución apareció en un aparato mucho más común y que incluso se puede comprar por Mercado Libre, aunque su uso habitual sea otro.

"El metano es el gas de la cocina, o el que emiten los calefactores. Entonces encontramos equipos portátiles que la gente de la industria utiliza para hacer las pruebas de las fugas, que al lado de los otros, eran sumamente económicos. Comenzamos a ver qué grado de precisión tenían y nos dimos cuenta de que podíamos utilizarlos y adaptarlos a nuestras necesidades, relató.

Para hacerlo, tuvieron que realizar una pequeña incisión en el cuerpo de los bovinos que llegara hasta el rumen, que es el primer estómago que tienen este tipo de animales. En esa fisura, introdujeron un pequeño tubo de ensayo adaptado y le colocaron un tapón.

De esa forma, cada vez que quisieron realizar una medición, solo debieron destapar el pasadizo e introducir por ahí la sonda que trae el dispositivo. Para ello, lógicamente antes llevaron a los vacunos a la manga con la que cuentan en el predio de Villa Mercedes.

"Lo bueno es que cuando terminamos todo el período de análisis, les quitamos los tubos y, al ser una incisión muy pequeña, la herida cicatrizaba sola y los animales no sufrían", aclaró.

Desde ahí en más, el resto de la tarea consistió en diseñar una rutina para recopilar los datos.

Así, con una gran ayuda del personal que cuida la hacienda de la institución, los especialistas decidieron medir y comparar los niveles de metano que había en el rumen cuando los animales  ingerían diferentes tipos de forrajes o alimentación. "Nuestra hipótesis era que si modificábamos la dieta, también tenía que cambiar la cantidad de gases que producían", contó Guzmán, quien también es docente de la carrera de Ingeniería Agronómica en la Universidad Nacional de San Luis.

Probaron entonces una ración con mucha pastura bien voluminosa, contra una muy concentrada con muchos granos, como las que se administran generalmente en los feedlot.

Tomaron para el ensayo a ocho novillos de la raza Aberdeen Angus de 14 meses de edad con 280 kilos de peso vivo y los mantuvieron encerrados durante treinta días. Establecieron un mismo horario de muestra y tuvieron en cuenta un período de adaptación a cada dieta, de unos veinte días. En los cinco días siguientes y cinco horas después de que las vacas comían, iban a la manga y con el dispositivo tomaban el registro de cuánto metano había en los estómagos.

"Y lo que vimos es que efectivamente teníamos un rango del 5 al 25% de gases que generaban y medía el equipo. La menor producción de gas la encontrábamos en la dieta concentrada de granos, mientras que la mayor cantidad metano aparecía en la ración que tenía más pasturas", reveló.

Esta primera parte de la investigación, sin embargo, solo permitió registrar los porcentajes de estos gases dentro del rumen animal. El siguiente paso, anticipó la especialista, será indagar cuanta de esa producción se transmite al medio ambiente, aunque "teóricamente hay una correlación: si genera más, va a emitir más. Pero estamos buscando un método estandarizado para poder validar la metodología", aclaró.

No es azarosa la elección del metano como objeto de estudio. Se trata de uno de los gases que provocan el llamado efecto invernadero, puesto que se acumulan en la superficie de la atmósfera y generan un bloqueo para la radiación solar. Con lo que la temperatura aumenta y se termina generando el calentamiento global.

Los motivos por los que un tipo de nutrición libera más gases que la otra, sí están bastante claros. Sucede que este primer estómago de los vacunos es un sistema muy complejo en el que diversos microorganismos trabajan para convertir los vegetales en nutrientes útiles para el animal, y es lo que permite que coman pasturas que los humanos no podríamos consumir nunca.

Allí, hay varias bacterias que degradan la celulosa de las plantas voluminosas. Como si fuera una fábrica, para hacerlo generan dióxido de carbono e hidrógeno que toman otros organismos y convierten en metano. En cambio, las bacterias que se encargan de "atacar" al almidón que abunda en las dietas con mucho grano, no dejan estos "residuos".

Para decirlo en palabras sencillas, cuando la vaca come más granos (maíz, gluten feed, burlanda, etcétera), el organismo "aprovecha" todos esos nutrientes, mientras que no sucede lo mismo con las pasturas.

Por ello, explicó Guzmán, "hay que considerar que si generamos más metano, que es más contaminante, tenemos también pérdida en la eficiencia en la producción. A veces se suele pensar de que si cuidamos el medio ambiente, vamos a perder rentabilidad, pero acá es totalmente al revés, es un indicador de que estamos siendo pocos eficientes".

Por eso, el estudio que realizan y los resultados preliminares despertaron la atención de un buen número de productores e instituciones agropecuarias de la región, que se mostraron interesados en un aspecto que es doblemente beneficioso: por un lado hay una mayor responsabilidad ambiental, pero también significa una mejora en el rendimiento de la conversión de los alimentos en carne.

"A veces hay una brecha muy larga entre lo que la ciencia investiga y lo que llega al productor. Los equipos son muy costosos y los datos que dan esos estudios son de condiciones muy diferentes a las que hay en la región, en razas de animales, tipo de pasturas, entre otras cosas", reflexionó la ingeniera. Y contó que por eso este estudio fue bien recibido por el sector ganadero, porque el dispositivo que utilizaron y el método que idearon, está al alcance de las posibilidades de los productores para trasladarlos a sus establecimientos

 Además, sostuvo, que hay una mayor conciencia de hacer la actividad más sustentable y amigable con el medio ambiente. "Y también porque son puntos a favor para los que están certificando o los que tienen que reducir huella de carbono, más si quieren exportar", agregó.

De todos modos, Guzmán afirmó que el impacto que la ganadería produce son ínfimos si se los compara con otros rubros económicos, como la industria, e incluso con otras actividades cotidianas de la vida humana, como el transporte. Eso no quiere decir que el sector no tenga que preocuparse por el efecto que puede estar teniendo sobre su entorno. Es más bien todo lo contrario.

Porque la investigación, que no ha sido nada fácil para el equipo del Inta, está abierta y representa un pequeño pero firme paso en la búsqueda de acercar el mundo de la producción con el de la ciencia.

Y también es un llamado de atención para tomar conciencia de cómo todas nuestras acciones repercuten en el planeta que habitamos y que nos pide auxilio a gritos.

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Evalúan el nivel de metano que emana la ganadería

Un grupo de investigadores del INTA de Villa Mercedes estudia la cantidad de gases que generan diferentes dietas vacunas y cómo contribuyen al llamado efecto invernadero.

La investigación que un equipo del Inta de Villa Mercedes realiza sobre la emisión de gases de diferentes tipos de dietas que se utilizan en la ganadería, es un claro ejemplo de cómo se puede aplicar el ingenio y encontrar alternativas cuando no se cuenta con los recursos ideales y necesarios para lograr un objetivo.

Porque los altísimos costos de los equipos que los técnicos requerían para medir la cantidad de metano que liberan el rumen de las vacas al consumir sus alimentos, no fue un freno para que pudieran dar los primeros pasos de un estudio que aún está abierto y que pretende echar un poco más de luz sobre el impacto que la actividad puede tener sobre el medio ambiente.

La idea surgió hace varios años y fue el tema principal de la beca doctoral en biología que realizó Laura Guzmán, quien desde el 2012 forma parte del área de Producción Animal de la estación experimental. La investigadora y sus compañeros se pusieron manos a la obra en busca de asesoramiento y se contactaron con colegas de otras partes del país que realizaban estudios similares y que incluso integraban protocolos internacionales sobre el cambio climático, como el de Kioto.

Así conocieron que en los diferentes métodos para medir la cantidad de gases que hay en el ambiente estaban fuera de su alcance. "Se utilizan ciertas cámaras que no estaban en Argentina en ese momento (ahora hay dos que todavía no están en funcionamiento), y también con otra técnica que es el hexacloruro de azufre. Son metodologías estandarizadas que requieren mucha mano de obra y equipos muy costosos. Por eso se hacen en lugares puntuales y en grandes equipos de investigación", explicó la ingeniera agrónoma.

Lejos de convertirse en un freno para el proyecto, Guzmán y sus compañeros comenzaron a pensar ideas más cercanas a sus posibilidades y que, al mismo tiempo, terminaron por recortar un poco la brecha que existe entre lo que se investiga y lo que está al alcance de los productores, quienes en definitiva deberían ser los destinatarios de toda la información que obtengan.

La solución apareció en un aparato mucho más común y que incluso se puede comprar por Mercado Libre, aunque su uso habitual sea otro.

"El metano es el gas de la cocina, o el que emiten los calefactores. Entonces encontramos equipos portátiles que la gente de la industria utiliza para hacer las pruebas de las fugas, que al lado de los otros, eran sumamente económicos. Comenzamos a ver qué grado de precisión tenían y nos dimos cuenta de que podíamos utilizarlos y adaptarlos a nuestras necesidades, relató.

Para hacerlo, tuvieron que realizar una pequeña incisión en el cuerpo de los bovinos que llegara hasta el rumen, que es el primer estómago que tienen este tipo de animales. En esa fisura, introdujeron un pequeño tubo de ensayo adaptado y le colocaron un tapón.

De esa forma, cada vez que quisieron realizar una medición, solo debieron destapar el pasadizo e introducir por ahí la sonda que trae el dispositivo. Para ello, lógicamente antes llevaron a los vacunos a la manga con la que cuentan en el predio de Villa Mercedes.

"Lo bueno es que cuando terminamos todo el período de análisis, les quitamos los tubos y, al ser una incisión muy pequeña, la herida cicatrizaba sola y los animales no sufrían", aclaró.

Desde ahí en más, el resto de la tarea consistió en diseñar una rutina para recopilar los datos.

Así, con una gran ayuda del personal que cuida la hacienda de la institución, los especialistas decidieron medir y comparar los niveles de metano que había en el rumen cuando los animales  ingerían diferentes tipos de forrajes o alimentación. "Nuestra hipótesis era que si modificábamos la dieta, también tenía que cambiar la cantidad de gases que producían", contó Guzmán, quien también es docente de la carrera de Ingeniería Agronómica en la Universidad Nacional de San Luis.

Probaron entonces una ración con mucha pastura bien voluminosa, contra una muy concentrada con muchos granos, como las que se administran generalmente en los feedlot.

Tomaron para el ensayo a ocho novillos de la raza Aberdeen Angus de 14 meses de edad con 280 kilos de peso vivo y los mantuvieron encerrados durante treinta días. Establecieron un mismo horario de muestra y tuvieron en cuenta un período de adaptación a cada dieta, de unos veinte días. En los cinco días siguientes y cinco horas después de que las vacas comían, iban a la manga y con el dispositivo tomaban el registro de cuánto metano había en los estómagos.

"Y lo que vimos es que efectivamente teníamos un rango del 5 al 25% de gases que generaban y medía el equipo. La menor producción de gas la encontrábamos en la dieta concentrada de granos, mientras que la mayor cantidad metano aparecía en la ración que tenía más pasturas", reveló.

Esta primera parte de la investigación, sin embargo, solo permitió registrar los porcentajes de estos gases dentro del rumen animal. El siguiente paso, anticipó la especialista, será indagar cuanta de esa producción se transmite al medio ambiente, aunque "teóricamente hay una correlación: si genera más, va a emitir más. Pero estamos buscando un método estandarizado para poder validar la metodología", aclaró.

No es azarosa la elección del metano como objeto de estudio. Se trata de uno de los gases que provocan el llamado efecto invernadero, puesto que se acumulan en la superficie de la atmósfera y generan un bloqueo para la radiación solar. Con lo que la temperatura aumenta y se termina generando el calentamiento global.

Los motivos por los que un tipo de nutrición libera más gases que la otra, sí están bastante claros. Sucede que este primer estómago de los vacunos es un sistema muy complejo en el que diversos microorganismos trabajan para convertir los vegetales en nutrientes útiles para el animal, y es lo que permite que coman pasturas que los humanos no podríamos consumir nunca.

Allí, hay varias bacterias que degradan la celulosa de las plantas voluminosas. Como si fuera una fábrica, para hacerlo generan dióxido de carbono e hidrógeno que toman otros organismos y convierten en metano. En cambio, las bacterias que se encargan de "atacar" al almidón que abunda en las dietas con mucho grano, no dejan estos "residuos".

Para decirlo en palabras sencillas, cuando la vaca come más granos (maíz, gluten feed, burlanda, etcétera), el organismo "aprovecha" todos esos nutrientes, mientras que no sucede lo mismo con las pasturas.

Por ello, explicó Guzmán, "hay que considerar que si generamos más metano, que es más contaminante, tenemos también pérdida en la eficiencia en la producción. A veces se suele pensar de que si cuidamos el medio ambiente, vamos a perder rentabilidad, pero acá es totalmente al revés, es un indicador de que estamos siendo pocos eficientes".

Por eso, el estudio que realizan y los resultados preliminares despertaron la atención de un buen número de productores e instituciones agropecuarias de la región, que se mostraron interesados en un aspecto que es doblemente beneficioso: por un lado hay una mayor responsabilidad ambiental, pero también significa una mejora en el rendimiento de la conversión de los alimentos en carne.

"A veces hay una brecha muy larga entre lo que la ciencia investiga y lo que llega al productor. Los equipos son muy costosos y los datos que dan esos estudios son de condiciones muy diferentes a las que hay en la región, en razas de animales, tipo de pasturas, entre otras cosas", reflexionó la ingeniera. Y contó que por eso este estudio fue bien recibido por el sector ganadero, porque el dispositivo que utilizaron y el método que idearon, está al alcance de las posibilidades de los productores para trasladarlos a sus establecimientos

 Además, sostuvo, que hay una mayor conciencia de hacer la actividad más sustentable y amigable con el medio ambiente. "Y también porque son puntos a favor para los que están certificando o los que tienen que reducir huella de carbono, más si quieren exportar", agregó.

De todos modos, Guzmán afirmó que el impacto que la ganadería produce son ínfimos si se los compara con otros rubros económicos, como la industria, e incluso con otras actividades cotidianas de la vida humana, como el transporte. Eso no quiere decir que el sector no tenga que preocuparse por el efecto que puede estar teniendo sobre su entorno. Es más bien todo lo contrario.

Porque la investigación, que no ha sido nada fácil para el equipo del Inta, está abierta y representa un pequeño pero firme paso en la búsqueda de acercar el mundo de la producción con el de la ciencia.

Y también es un llamado de atención para tomar conciencia de cómo todas nuestras acciones repercuten en el planeta que habitamos y que nos pide auxilio a gritos.

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