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El amor en tiempos feministas

Florencia Espinosa

El Día de los Enamorados se conmemora en casi todos los países y en su celebración se reproducen, además, cientos de mandatos y estereotipos del amor romántico. ¿Qué podría tener de malo festejarlo? Absolutamente nada; pero cuando está sustentado en ideas naturalizadas, en películas de Disney, o en comedias románticas del cine estadounidense, la historia es otra.

Marcela Lagarde explica, en su libro “Claves feministas para la negociación en el amor”, que las mujeres hemos sido “configuradas socialmente para el amor”, por una cultura que lo coloca como centro de nuestra identidad. “Las mujeres vivimos el amor como un mandato. En la teoría de género eso significa que lo hacemos, no por voluntad, sino por deber”, expresa la antropóloga. Es decir, que dentro de los tantos roles de género que se nos han impuesto, las mujeres también debemos tener la voluntad y capacidad de amar, contra viento y marea.

Somos educadas para eso, tanto en discursos al interior del hogar como mensajes permanentes en medios de comunicación. De hecho, la vida de las mujeres está marcada por acontecimientos relacionados con el amor y muchas veces son vividos como una disyuntiva: “dejar algo por amor”. Y siempre gana el “amor”, claro: ese sentimiento que hace que pensemos en otros antes que uno mismo, que deseemos dedicarle nuestros días al amor de nuestra vida y, por supuesto, que tengamos ganas de tener hijos. Para la que desee vivirlo distinto estará el mote de “egoísta”, entre otros aún menos amigables.

Cenas románticas y regalos, flores, peluches, chocolates. El Día de los Enamorados está armado para sustentar el mito del amor romántico, esa historia en la que (por fin) el hombre llega con el ramo de rosas y la mujer pasa a sentirse “completa”. Porque ese es el lugar que nos dio la historia, y que vimos cientos de veces en los medios, las películas y cuentos de hadas. Un lugar pasivo, de espera. Una espera que nos cambiaría la vida con el mito del amor eterno, el amor verdadero, el amor de la vida y unas cuantas cosas más. Y por ese amor verdadero se soporta todo: porque la enseñanza es esa, la de “aguantar”.

Para el feminismo el amor es histórico, está condicionado por época, género y está íntegramente relacionado con el poder patriarcal. En el amor romántico se sustenta la formación de la familia en el sistema capitalista. No es lo mismo para el hombre que para la mujer y, como si fuera poco, es permitido y valorado solo dentro de la familia heteronormativa. La sociedad les exige amar a las mujeres y, además, le indica a quién tienen que amar.

Según la RAE, el significado de amor es: “Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser”. Esa definición supone el amor como una necesidad, como para “completar” algo que nos falta. Para poder amar a otro primero hay que amarse a sí mismo, verse y posicionarse como alguien entero, para así poder compartir ese sentimiento con otro, como algo recíproco. Lagarde puntualiza: “La propuesta feminista para el amor supone mujeres capaces de ponerse condiciones a sí mismas y de ponerle condiciones a los demás. (…) Por primera vez aparece el amor como una experiencia en la que se puede intervenir, decidir, elegir, optar. Características todas que tienen que ver con la libertad”.

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El amor en tiempos feministas

El Día de los Enamorados se conmemora en casi todos los países y en su celebración se reproducen, además, cientos de mandatos y estereotipos del amor romántico. ¿Qué podría tener de malo festejarlo? Absolutamente nada; pero cuando está sustentado en ideas naturalizadas, en películas de Disney, o en comedias románticas del cine estadounidense, la historia es otra.

Marcela Lagarde explica, en su libro “Claves feministas para la negociación en el amor”, que las mujeres hemos sido “configuradas socialmente para el amor”, por una cultura que lo coloca como centro de nuestra identidad. “Las mujeres vivimos el amor como un mandato. En la teoría de género eso significa que lo hacemos, no por voluntad, sino por deber”, expresa la antropóloga. Es decir, que dentro de los tantos roles de género que se nos han impuesto, las mujeres también debemos tener la voluntad y capacidad de amar, contra viento y marea.

Somos educadas para eso, tanto en discursos al interior del hogar como mensajes permanentes en medios de comunicación. De hecho, la vida de las mujeres está marcada por acontecimientos relacionados con el amor y muchas veces son vividos como una disyuntiva: “dejar algo por amor”. Y siempre gana el “amor”, claro: ese sentimiento que hace que pensemos en otros antes que uno mismo, que deseemos dedicarle nuestros días al amor de nuestra vida y, por supuesto, que tengamos ganas de tener hijos. Para la que desee vivirlo distinto estará el mote de “egoísta”, entre otros aún menos amigables.

Cenas románticas y regalos, flores, peluches, chocolates. El Día de los Enamorados está armado para sustentar el mito del amor romántico, esa historia en la que (por fin) el hombre llega con el ramo de rosas y la mujer pasa a sentirse “completa”. Porque ese es el lugar que nos dio la historia, y que vimos cientos de veces en los medios, las películas y cuentos de hadas. Un lugar pasivo, de espera. Una espera que nos cambiaría la vida con el mito del amor eterno, el amor verdadero, el amor de la vida y unas cuantas cosas más. Y por ese amor verdadero se soporta todo: porque la enseñanza es esa, la de “aguantar”.

Para el feminismo el amor es histórico, está condicionado por época, género y está íntegramente relacionado con el poder patriarcal. En el amor romántico se sustenta la formación de la familia en el sistema capitalista. No es lo mismo para el hombre que para la mujer y, como si fuera poco, es permitido y valorado solo dentro de la familia heteronormativa. La sociedad les exige amar a las mujeres y, además, le indica a quién tienen que amar.

Según la RAE, el significado de amor es: “Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser”. Esa definición supone el amor como una necesidad, como para “completar” algo que nos falta. Para poder amar a otro primero hay que amarse a sí mismo, verse y posicionarse como alguien entero, para así poder compartir ese sentimiento con otro, como algo recíproco. Lagarde puntualiza: “La propuesta feminista para el amor supone mujeres capaces de ponerse condiciones a sí mismas y de ponerle condiciones a los demás. (…) Por primera vez aparece el amor como una experiencia en la que se puede intervenir, decidir, elegir, optar. Características todas que tienen que ver con la libertad”.

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