SAN LUIS - Miércoles 25 de Mayo de 2022

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Días de cine en el centro porteño

Luego de dos ediciones interrumpidas por la pandemia, el Bafici regresó a Buenos Aires y tuvo sorpresas, películas interesantes y la mayoría de las funciones a sala llena.

Por Leonardo Kram
| 10 de mayo de 2022
El Bafici tuvo este año una vuelta a la presencialidad. Foto: Internet.

El condimento extra que trae ver una película en el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (Bafici) es que una vez que se sale de la oscuridad de la sala, el espectador puede encontrarse con variadas postales de la capital del país. A la salida del Cine Lorca, ubicado en calle Corrientes al 1428, está la vía de los principales teatros del país, librerías, las pizzerías más icónicas y al fondo, el Obelisco. Si se eligen las salas del renovado Gaumont, en avenida Rivadavia al 1635, a la izquierda está el Congreso de la Nación. Los sentidos se agudizan tras salir de la penumbra a la calle y las viñetas de esa urbe caótica y bella adquieren una cualidad incomparable. Y si la película fue buena, si hizo reír o llorar, la experiencia se amplifica: a la vida que se experimentó en pantalla grande por poco menos de dos horas se le suma la propia, que parece recién empezar en la gran capital.

 

El Bafici tuvo este año una vuelta a la presencialidad casi idéntica a la de años anteriores a la pandemia, con la única excepción de que en los espacios cerrados los periodistas, directores, actores y cinéfilos debieron usar tapabocas para entrar a los cines. En 2020, a pocos días de iniciar, fue suspendido por el coronavirus y en 2021 proyectaron parte de la programación prevista del año anterior.

 

En total, en esta edición fueron 13 días de deleite para los espectadores, en los que se proyectaron 290 películas, con más de 450 funciones presenciales y más de 60 actividades especiales, en 15 sedes en el centro de Buenos Aires, como se conoce a la zona de calle Corrientes, el obelisco y alrededores. Al Gaumont y el Lorca, dos de las sedes más importantes, se les sumaron otros espacios como la sala “Leopoldo Lugones”, el Cine Cosmos, el Cine Multiplex Monumental Lavalle y como sede central, para presentaciones de libros y mesas de debate, el Centro Cultural San Martín.

 

Un atisbo de la vida en pandemia quedó en la posibilidad que tuvieron los asistentes de ver 223 de las películas del festival a través de una página del gobierno de la ciudad, con la condición, algo incómoda y con posibles fines partidarios, de que la persona genere un usuario en la página e indique datos personales como fecha de nacimiento, domicilio y lugar de origen. El gobierno de la ciudad autónoma también dijo presente con un spot publicitario que salía antes de cada proyección, con locución del propio jefe de gobierno, Horacio Rodríguez Larreta, y el latiguillo “La transformación no para”. En varias oportunidades se escucharon silbidos y uno que otro insulto del público.

 

Otra arista política, aunque no se evidenció en ninguna protesta pública fuerte, fue la de la actual crisis del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa). Hace unas semanas, Luis Puenzo fue destituido de su cargo al frente de la institución, tras el reclamo de trabajadores audiovisuales por su inacción ante el inminente fin de la entrega de los fondos que financian producciones audiovisuales, teatrales, musicales y bibliotecas populares alrededor del país. De manera respetuosa, militantes del MST (Movimiento Socialista de los Trabajadores) entregaron volantes frente a las salas del festival y expusieron la problemática. En el Gaumont había dos banners a la salida de las salas: uno del Incaa y otro del Bafici. Allí parecía no existir ninguna tensión política: el espacio es administrado por el gobierno nacional, pero del 20 al 27 de abril, una de sus salas proyectó películas del festival del gobierno de la ciudad.

 

 

Una experiencia colectiva

 

Asistir a funciones del Bafici fue encontrarse con públicos de los más variados: estudiantes de cine, quizás los más compulsivos a la hora de ver funciones, con tres o más proyecciones por día; jubilados, quienes marcaban décadas de asistencia a cinéfilos, que encontraron una vía de expresión en Instagram, con cantidades de seguidores modesta, pero con actualizaciones más regulares que la de medios especializados.

 

Allí, en ese encuentro entre desconocidos, delante de una pantalla, la mayoría del tiempo con funciones agotadas, ocurría la magia del cine como experiencia colectiva. “Great freedom”, de Sebastian Meise, una de las películas mejor recibidas del festival, fue un gran ejemplo. El film austriaco cuenta la historia de un hombre gay sobreviviente del holocausto y relata sus subsecuentes detenciones tras la Segunda Guerra Mundial, al violar el “párrafo 175”, que penalizaba la homosexualidad. Si bien el largometraje es bastante gráfico, como suelen ser los que ocurren en las cárceles, también lograba una emotividad insospechada.

 

Una escena en particular muestra el derrumbe emocional del protagonista, al enterarse del suicidio de su amante en la cárcel. Otro interno, un amigo, lo abraza, lo contiene y lo aleja de los guardias, quienes buscan reprimir la situación. Decenas de espectadores lloraron en una de las funciones del film en el cine Lorca. Si bien la sala tiene un diseño extraño, con filas de butacas dispuestas a lo largo más que a lo ancho, el aire acondicionado parecía no funcionar y la pantalla se veía algo oscura, la experiencia había sido movilizante, única; puro caramelo para los ojos.

 

Las risas también se ven magnificadas. Los más de 400 asistentes de la sala “Leonardo Favio” del Cine Gaumont no pudieron contener la risa ante los 10 minutos iniciales de "La croisade", de Louis Garrel. El film francés describe a un grupo de niños que venden las pertenencias de sus padres para financiar un plan de provisión de agua para el continente africano. También se percibió desconcierto ante "The card counter", de Paul Schrader, en otras de sus reflexiones sobre la masculinidad y la soledad, con una crítica abierta a Estados Unidos y tibieza y hasta indiferencia para "Avec amour et acharnement", de Claire Denis, un drama romántico convencional.

 

La película de apertura del festival, “Pequeña flor”, de Santiago Mitre, fue una de las más comentadas. Y es que el director argentino, de 42 años, es un abonado del Bafici. En 2011, con su ópera prima “El estudiante”, ganó el Premio Especial del jurado y el Premio ADF del festival.

 

Más admirado por la crítica local e internacional que por el público, Mitre siempre tackleó temas difíciles, políticos y complejos. “El estudiante” ahondó en las intrigas de la política universitaria; “La patota”, de 2015, describía una violación grupal de una docente en un pueblo del interior, y "La cordillera", de 2017, las negociaciones de poder de un presidente superado por las circunstancias.

 

La cuarta película del director significó la entrada a un terreno desconocido: el de la comedia negra, con elementos de cine fantástico. Relata la historia de un caricaturista que se queda sin trabajo en una ciudad francesa, a poco de tener su primera hija. La rutina de la pareja se verá modificada por la aparición de un vecino extraño y un terapeuta intenso. Si bien es una comedia esencialmente romántica, hay gore y situaciones extremas.

 

“Entregarme a esta película fue una forma de adentrarme en el género fantástico en su variante argentina, de desarrollar una comedia extraña, en un país con el que me siento cercano —y que representa el cine que más me interesó siempre—, y trabajar sobre una película de un modo libre y lúdico que me permitió explorar cuestiones (no menos políticas) de una manera en la que nunca lo hice”, sostuvo el director en una nota que la productora del film entregó a la prensa.

 

La reacción fue mixta. Si bien muchos aplaudieron la decisión de Mitre de cambiar de registro para su cuarto film, hubo otros que criticaron la extraña trama y ciertos pasajes del guión. De todas maneras, es valorable cuando los artistas salen de la zona de confort. Si a eso se le suman las brillantes interpretaciones del cast, en especial de la pareja protagónica, el tono ligero del relato y las explosiones de violencia lúdica, se deduce un film extraño, pero divertido. El director actualmente se encuentra en la posproducción de “Argentina, 1985”, donde relatará los juicios a las juntas militares. Mitre volverá a terreno conocido, pero "Pequeña flor" prueba que tranquilamente puede adentrarse con comodidad a lo desconocido.

 

El hacer crítico
Una referencia incuestionable de la crítica cinematográfica en la Argentina fue la revista El Amante, que tuvo su aparición en diciembre de 1991 y dejó de editarse en su versión impresa en febrero de 2012, con la continuidad de un sitio web un tanto menos influyente, que aún publica notas, pero con menor periodicidad.

 

Hay rastros del staff de la revista siempre que hay festivales en Argentina. Javier Porta Fouz, quien fue su editor por varios años, es actualmente el director artístico del Bafici. Hernán Schell, otra de sus plumas durante los últimos años, también estuvo para la presentación de su libro “Kubrick: Obsesión por el (des) control”, editado por A Sala Llena, medio especializado en el que aún publican autores de la revista.

 

Schell contó en la presentación algo que también replica en las primeras páginas de su libro: que la defensa de Kubrick en “El Amante”, el encontrarse en minoría en su admiración por el director estadounidense, fue lo que cultivó su escritura, su reflexión crítica sobre el séptimo arte.

 

Eso era lo que planteaba “El Amante” desde sus páginas. Cualquiera que haya leído la revista recuerda esos debates interminables, que a veces seguían por varios números, “a favor”, “en contra” de los films que veían los críticos. El acto de la crítica como espacio de debate más que de conocimiento absoluto era algo que el medio cultivaba y que quienes participaron en él siguen pregonando.

 

Esa actitud se replicó en la exposición de Schell, quien en ningún momento sostuvo que Kubrick era algo para paladares refinados, sino más bien que, consciente de las limitaciones y posibles errores del director, encontraba ciertas cualidades que entendía como apreciaciones personales, pero que podían evidenciar ideas más profundas. De cómo se lo tilda a Kubrick de inhumano, pero que eso es lo más interesante de él: el extrañamiento que generan sus películas, la sensación de que lo estamos viendo, no es humano, es otra cosa.

 

Directores presentes

 


Hay tres maneras de sorprenderse en un festival: una es encontrarse con una obra maestra de la que nadie sabía nada, que por lo menos entre la opinión de los cinéfilos que participaron del festival no pasó. Otra es ser invitado a una función secreta, una película que no forma parte de la programación, que es anunciada unas horas antes y de la que no se dan detalles hasta que es proyectada. Esto tampoco sucedió en el Bafici.

 

La tercera manera es que los directores aparezcan para presentar la película en la sala y que luego respondan breves preguntas al público. Esto sí ocurrió en el festival, por ejemplo con Alejandro Hartmann, quien presentó dos documentales en el Bafici: "El fotógrafo y el cartero, el Crimen de Cabezas", de próximo estreno en Netflix, y “El Nacional”, que ahonda en el mítico colegio de Buenos Aires y que formó parte de la competencia oficial argentina.

 

“A mí me encanta la ficción, amo la ficción y espero pronto hacer una. Pero me costaría mucho hacer una ficción con personajes de la realidad que tengan nombre y apellido. No me imagino un actor haciendo de Cabezas, otro de Prellezo, no me lo puedo imaginar. El documental es una gran herramienta para acercarme a estas situaciones de la realidad. Sí haría una película de ficción sobre los ‘90, hay mucho para contar sobre esa época, pero me gustaría que los personajes fueran de ficción”, contestó ante la pregunta del público el director, de pasado videoclipero pero que ahora está abocado al género documental y que cuenta en su haber la exitosa miniserie "Carmel", también emitida por la gran N.

 

Así, entre películas, críticos de cine y cineastas, el Bafici volvió a su pulso habitual. Con salas llenas, público entusiasta y horas dentro de la sala oscura y horas fuera de ella, pero sin dejar de pensar en lo que se vivió frente a historias ajenas, pero profundamente personales.

 

 

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