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El cerebro adolescente: por qué toman decisiones impulsivas

Entender no es justificar. Hay cosas que explica el cerebro y otras que aportan los límites. La tolerancia, el respeto y la responsabilidad no aparecen mágicamente cuando se cumplen 18 años, sino que se forman en una etapa compleja. Por Cristina Chiesa, neuropsicóloga. 

Por Cristina Chiesa
| Hace 5 horas

La adolescencia, entre los 12 y los 21 años aproximadamente, no es una simple etapa de “rebeldía” que hay que aguantar con paciencia hasta que pase. Es uno de los períodos de mayor reorganización cerebral de toda la vida, comparable en intensidad a lo que ocurre en los primeros años de la infancia. Allí se construyen las bases de la persona adulta, y esa construcción depende en gran medida de lo que el entorno le ofrece: afecto, pero también límites, modelos y oportunidades de aprender a hacerse cargo.

 

 

Un cerebro con el acelerador a fondo y los frenos en construcción

 

Durante mucho tiempo se pensó que el cerebro terminaba de desarrollarse en la niñez. Hoy sabemos que sigue en obra hasta bien entrada la adultez joven y, esto es lo central, no todas sus partes maduran al mismo tiempo.

 

 

El sistema límbico, vinculado a las emociones, el placer y la necesidad de sentir cosas intensas, funciona a pleno desde la pubertad. En cambio, la corteza prefrontal, que planifica, anticipa consecuencias y permite detenerse a pensar antes de actuar, es de las últimas regiones en madurar: estaría lista alrededor de los 25 años, aunque otros autores ubican el final de este proceso más cerca de los 30.

 

 

Es como entregarle las llaves de un auto deportivo a alguien que todavía está aprendiendo a usar el embrague y el freno. Algunos teóricos describieron este fenómeno como un desbalance madurativo entre ambos sistemas, una de las explicaciones neurobiológicas más sólidas de por qué la adolescencia trae consigo más impulsividad.

 

 

Entonces, ¿por qué actúan así?

 

Este desbalance entre el sistema socioemocional, que busca recompensas, novedad y aprobación social, y el sistema de control cognitivo, todavía inmaduro, aumenta la probabilidad de conductas de riesgo, sobre todo en presencia de otros pares y bajo su influencia: manejar a alta velocidad, consumir sustancias o tomar decisiones sin medir consecuencias. A esto se suman la búsqueda de la identidad propia y una mayor sensibilidad emocional.

 

 

Conviene ser precisos: la biología explica la impulsividad adolescente, pero no la justifica ni la vuelve inevitable. Un freno que todavía no terminó de construirse puede entrenarse y, mientras tanto, necesita apoyo desde afuera.

 

 

Entender no es justificar: el freno que se presta desde afuera

 

Si la corteza prefrontal todavía no alcanza para frenar a tiempo, alguien tiene que prestarle ese freno mientras se termina de armar. Esa es la función de los límites: normas claras, rutinas, consecuencias previsibles y adultos que las sostengan con coherencia. No se trata, como muchos padres creen, de que poner límites es castigar, ni una falta de cariño: es nada menos que la base sobre la que el adolescente practica, una y otra vez, el autocontrol que su cerebro todavía está desarrollando. Y como las conexiones que se usan se fortalecen, esa práctica cotidiana importa.

 

 

Cuando ese andamiaje, esa base, falta, es frecuente encontrar, tanto en la escuela como en el consultorio, adolescentes con poca tolerancia a la frustración: se desbordan ante un “no” o una mala nota, esperan resultados inmediatos, abandonan ante el primer obstáculo y atribuyen sus errores a los demás (“el profesor me tiene bronca”, “la prueba era imposible de hacer”). Les cuesta asumir responsabilidades y hacerse cargo de las consecuencias de sus actos. Por suerte no son todos los adolescentes, pero sí hay patrón que muchos, docentes y profesionales observamos con frecuencia.

 

 

En las aulas, esto suele verse en las faltas de respeto hacia los profesores, hacia el personal, y hacia los adultos en general: interrumpir, desafiar, no aceptar una corrección, discutir cada norma o usar el celular en plena clase aunque esté prohibido. Detrás de muchas de estas conductas hay una misma dificultad: aceptar que las reglas también valen para uno.

 

 

La formación para la vida empieza en casa

 

La responsabilidad, la tolerancia a la frustración y el respeto no se heredan ni aparecen solos al cumplir los dieciocho: se aprenden en la vida cotidiana, desde niños. Se aprenden cuando hay tareas que cumplir en casa, cuando se escucha un “no” y se comprueba que se puede sobrevivir a él, cuando hay que esperar el turno, cuando se asumen las consecuencias de lo que se hizo y se tiene la oportunidad de reparar el error.

 

 

Cada vez que un padre o madre resuelve lo que el chico podría resolver solo, o lo protege de toda incomodidad, o lo defiende ante actitudes indefendibles, se pierde una oportunidad de entrenamiento.

 

 

Lo que está en juego no es menor. Un estudio longitudinal con poco más de mil niños de Nueva Zelanda, seguidos desde el nacimiento hasta los 32 años, encontró que el autocontrol en la infancia predecía la salud física, la dependencia de sustancias, la situación económica y los antecedentes delictivos en la vida adulta, con independencia de la inteligencia y del nivel social de la familia. Esto muestra cuánto pesan estas capacidades a largo plazo.

 

 

En la vida adulta, la baja tolerancia a la frustración y la falta de sentido de la responsabilidad suelen traducirse en dificultades para sostener estudios y trabajos, aceptar indicaciones o críticas de un superior, trabajar en equipo, manejar el dinero, mantener vínculos estables, y ser propensos a provocar accidentes de tránsito. Dicho de otro modo: la realidad termina poniendo los límites que antes no se pusieron, y lo hace sin el cuidado de una familia. Aun así, no es una condena: el cerebro conserva plasticidad y estas habilidades pueden aprenderse a cualquier edad, aunque cuanto antes y con más acompañamiento, mejor.

 

 

Cuando los adultos avalan: ¿por qué pasa?

 

Este es un punto delicado: muchas veces los propios padres justifican o defienden las conductas disruptivas de sus hijos, por ejemplo, ante una sanción escolar, y terminan desautorizando a los docentes. Entre las causas que señalan la clínica y la bibliografía sobre estilos de crianza aparecen estas:

 

 

Cansancio y miedo al conflicto. Sostener un “no” desgasta, y después de jornadas laborales largas muchas familias eligen ceder para evitar la discusión.

 

 

Culpa por el poco tiempo compartido. A veces se intenta compensar la ausencia con permisividad o con regalos.

 

 

Reacción frente a la propia crianza. Quienes crecieron con modelos muy rígidos suelen querer hacer lo contrario y pasan del autoritarismo a la permisividad, sin detenerse en el punto intermedio.

 

 

Sobreprotección. Creer que frustrar es dañar, y en realidad, frustrar con acompañamiento es parte de educar.

 

 

Falta de acuerdos. Cuando los adultos de la casa, o la familia y la escuela, dicen cosas distintas, el adolescente aprende rápido a aprovechar esa grieta. Y obviamente va a ir hacia donde le permiten, no hacia donde se le pone límites.

 

 

Los modelos que se imitan. Los adolescentes aprenden más de lo que ven que de lo que se les dice: si el adulto tampoco tolera la frustración o desautoriza a otros adultos delante de ellos, ese es el modelo que incorporan.

 

 

La investigación sobre estilos de crianza apunta en la misma dirección. En un estudio longitudinal se encontró que el estilo que combina afecto y atención a las necesidades del hijo con normas claras y exigencias firmes, llamado “autorizado”, se asociaba con mayor competencia y menor consumo problemático de drogas en los adolescentes. Son asociaciones, no relaciones simples de causa y efecto: los padres influyen en los hijos, pero los hijos también influyen en cómo se los cría.

 

 

Poner límites no significa dejar de mirar. No toda conducta disruptiva es consecuencia de la crianza: el TDAH (debidamente diagnosticado), la depresión no tratada, el consumo de sustancias o una situación familiar difícil también pueden presentarse como “falta de límites”. Por eso no corresponde culpar a las familias de todo, ni suponer que todo se resuelve con más firmeza.

 

 

Cuatro cosas simples para tener en cuenta en casa

 

El vínculo frena más que el reto. Un adolescente que siente confianza, que se siente querido y aceptado, al que se le enseñan hábitos y a ser responsable de sí, baja más la impulsividad que uno al que todo se le justifica. El afecto genuino (no la permisividad) también regula el cerebro. Vínculo y límites no se oponen: funcionan juntos.

 

 

Límites claros, coherentes y con consecuencias previsibles. Pocas normas, acordadas entre los adultos, explicadas una vez y sostenidas con calma; consecuencias proporcionales que efectivamente se cumplen, sin gritos ni humillaciones. La firmeza no es dureza. Y cuando la escuela plantea un problema, conviene escuchar primero y conversar con los docentes antes de ponerse automáticamente de un lado.

 

 

Antes del sermón, una pregunta. “¿Podrías haberlo resuelto de otra manera?” suele abrir más puertas que “¿dónde tenés la cabeza?”.

 

 

Soltar de a poquito, no de golpe. Dejarles tomar pequeñas decisiones propias, darles responsabilidades en casa y permitir que enfrenten las consecuencias, siempre con acompañamiento, es como ir entrenando ese freno que todavía no terminó de formarse.

 

 

Son ideas generales para tener presentes en el día a día; el trabajo más fino y personalizado es tema de consultorio.

 

 

La recomendación de siempre

 

Cuando la impulsividad, los cambios de ánimo o las conductas de riesgo empiezan a salirse de control, tanto en la familia como en la escuela, lo mejor es consultar con un especialista en Neuropsicología o en salud mental. Una evaluación profesional ayuda a distinguir lo esperable de esta etapa, lo que se relaciona con la crianza y el entorno, y aquello que necesita una mirada y un abordaje más específicos.

 

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