El abrazo santo que cruzó los tiempos y el recuerdo de Eduardo Amaya
En el marco de las repercusiones por la visita papal al país, un vecino de La Toma rescató la historia del día en que su padre rompió el protocolo frente a Juan Pablo II.
La memoria emotiva de los pueblos suele resguardarse en el calor del hogar para luego, en momentos clave, brotar con la fuerza de un torrente imperecedero. Con el clima latente que despierta la llegada del Papa León XIV a la Argentina, la comunidad de La Toma volvió a conmoverse a través de un mensaje publicado en redes sociales por el referente cultural Leonardo Amaya, quien trajo al presente uno de los hitos más profundos en la historia de su familia y de la localidad.
“Con todo este movimiento de la venida del Papa a la Argentina no puedo dejar de recordar el día que mi papá pudo estar frente al Santo Padre Juan Pablo II cuando vino a Mendoza y fue elegido para llevar una ofrenda”, expresó Leonardo, acompañando sus palabras con el orgullo indeleble de evocar a Eduardo Amaya, aquel minero tornero tomense que pisó suelo mendocino portando las riquezas de la tierra sanluiseña.
Aquel encuentro de abril de 1987, inmortalizado años más tarde en las páginas del periódico “Nuestro Pequeño País” (el informe fue redactado por el periodista Mario Otero, con datos de Alberto Castro), guardaba una mística singular. Eduardo había ensayado meticulosamente cada movimiento del estricto protocolo durante cuatro días: subiría dos peldaños de la plataforma, esperaría el final del himno “Virgen de la Carrodilla”, inclinaría el torso, se quitaría el casco amarillo para colocarlo bajo el brazo y mantendría una prudente distancia, con la expresa consigna de no tocar a Su Santidad.
Sin embargo, la solemnidad cediendo ante la ternura obrera es algo que la burocracia jamás puede calcular. Fue el propio Karol Wojtyla quien quebró las formas. Reconociendo en la piel de Amaya las marcas del trabajo pesado que él mismo había realizado en su juventud en las canteras de Polonia, el Vicario de Cristo acortó la distancia, le apretó fuertemente los hombros y le dijo conmovido: 2¡Oh, minero! Dejá el fruto ahí y ven que te bendigo”.
En ese instante de conmoción absoluta, las lágrimas del minero de 37 años rompieron la contención. El Santo Padre lo abrazó, le besó el rostro dejó el roce de su barba en la mejilla de Eduardo y trazó una cruz en su pecho pronunciando una bendición en polaco. Además de aquel gesto imborrable, Juan Pablo II sacó de su bolsillo un rosario brillante con el sello papal y se lo obsequió como una reliquia para toda la vida.
Hoy, la publicación de Leonardo no solo revive la anécdota de un vecino humilde y trabajador, sino que reafirma la identidad de un pueblo labrado sobre la piedra y la fe. La vivencia de Eduardo Amaya, aquel hombre de La Toma que guardó para siempre el suspiro leve y la tranquilidad en el alma tras el bendito encuentro, vuelve a emocionar a toda la región, recordando que el esfuerzo de los trabajadores de la mina también rozó el cielo.
Con datos de la publicación de Leandro Amaya y la copia del texto de “Nuestro Pequeño País”.
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