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Ana María Garraza, siete años presa y su conversión en guardiana de la palabra

La historia de la mujer que fue secuestrada en medio de una cena familiar y liberada en Devoto, una semana antes de que regresara la democracia. "Somos la voz de aquellos a los que le quitaron la voz", dijo. 

Por redacción
| 19 de marzo de 2026

Hablar sobre los 50 años del golpe de 1976 con una sobreviviente requiere empatía, escucha activa y respeto absoluto por sus tiempos y silencios, enfocados en la memoria, la verdad y la justicia. Es un ejercicio que prioriza sus vivencias personales, valida su lucha, enfocada en su resistencia y legado.

 

 

La detención de Ana María Garraza se produjo el 19 de octubre de 1976 a las 23 en su casa de la ciudad de San Luis. La cena familiar fue interrumpida por unos 50 hombres armados. En abril de 1978 fue trasladada a la Unidad del Servicio Penitenciario de Devoto, de donde recuperó su libertad el 2 de diciembre de 1983, después de 7 años, 1 mes y 13 días de prisión. 

 

 

A 50 años del golpe, Ana María dice que tiene sensaciones “muy contradictorias". "Por un lado, mucho dolor porque noto que volvió un discurso y una acción que tiene que ver no solamente con la negación de los hechos históricos, sino con una reivindicación del terrorismo de Estado. Y eso me parece que, y esto lo digo no solamente en calidad de sobreviviente de ese terrorismo de Estado, sino como ciudadana argentina,  tiene que ver con la tensión permanente entre dos proyectos de país que siempre está latentes".

 

 

Analiza Ana María sobre la represión del Estado y dice que “la profundidad en la represión, la profundidad en el horror, en el terror implementado tiene un significado". En ese punto, la mujer recuerda el discurso que dio Jorge Rafael Videla cuando asumió como presidente y el que tuvo José Martínez de Hoz dicen textualmente que se acabó el tiempo estatizante hay que darle rienda suelta a la libertad de los mercados. "Si se analiza ese eje discursivo con lo que escucha hoy, queda claro cuál es el proyecto de país que se busca, porque la implementación del terrorismo de Estado es una herramienta que necesitaron los sectores minoritarios para implementar ese plan económico. No la justificación de la lucha contra la subversión”.

 

 

Antes del 24 de marzo de 1976, la Argentina ya había sufrido cinco golpes de Estado e incluso se habían desarrollado violencias estatales que se podrían calificar como terrorismo de Estado como por ejemplo, el accionar de la organización parapolicial “Triple A”. Pero algo trágicamente particular sucedió a los ojos de Ana María con el advenimiento de la dictadura cívico militar del ’76. “Se persiguió a las organizaciones estudiantiles, juveniles, sindicales, gremiales, religiosas de base, barriales territoriales, empresarios o la Confederación General Económica que existía en aquel momento, que tenían otra idea de país. Toda la persecución estuvo centrada en anular lo que implicara una resistencia a la implementación de un plan económico que respondía a las minorías nacionales y transnacionales”.

 

 

 

Para la mujer, la represión "estuvo perfectamente planificada y discriminada" hacia los sectores populares que representaban una resistencia a esa implementación. "Si uno hace un paralelo a 50 años, hoy pasa lo mismo, de otra manera, con herramientas más sofisticadas, la persecución, la proscripción, la palabra cancelada, el desprestigiar la posibilidad de la militancia, como si la militancia fuera un delito", enumeró.

 

 

Las personas y los pueblos son lo que recuerdan y así lo hace esta sobreviviente al reafirmar que “la esperanza que nos sostuvo a aquellos que pertenecíamos a organizaciones populares y revolucionarias en aquellos momentos de militancia es la misma firmeza que nos sostuvo en la resistencia en las cárceles o en los centros de detención; y es la misma firmeza que nos sostuvo después para reconstruir es la que nos sostiene hoy", precisó Garraza, quien dice que no piensa someterse a la resignación de pensar que su sufrimiento no valió de nada.

 

 

En parte porque es una convencida que "ningún pueblo se suicida". Aunque puede equivocarse, porque "las mayorías también se equivocan". "Se debe intentar esa reflexión, ese análisis histórico sobre qué caminos van tomando las mayorías populares y saber que a veces hay avances, a veces hay retrocesos, a veces parecen discusiones consolidadas y no lo son tanto".

 

 

La teoría de los dos demonios en Argentina es una interpretación histórica y política que equipara la violencia de las organizaciones guerrilleras de izquierda con el terrorismo de Estado ejercido por las Fuerzas Armada, un posibilidad que Ana María Garraza también abordó con la perspectiva del paso del tiempo. “Los delitos que se han juzgado son delitos aberrantes, secuestros, torturas, violaciones, asesinato, fusilamientos, desaparición, y que tienen que ver con la vigencia de la memoria, la verdad y la justicia".

 

 

"Se podría acercar -continuó- un análisis desde dos perspectivas. Una desde la perspectiva jurídica, en la medida que los cuerpos de las ausencias de quienes fueron llevados, arrancados de su familias, no aparecen, el delito sigue vigente. Porque no se puede cerrar hasta que el cuerpo del delito se presencie. Y por otro lado, por una cuestión de ética social, estos señores con su pacto de silencio no les han dado jamás la oportunidad a sus familias, a sus madres, a sus hermanos, a sus hijos, de hacer el duelo, de llevarle una flor, de rezarle, de llorar en un lugar específico. Y en esa medida, la sociedad tampoco puede hacer el duelo. Entonces, por lo menos desde esas dos perspectivas, desde una perspectiva jurídica, desde una perspectiva de la ética social histórica es un proceso que no puede cerrarse".

 

 

 

En este criterio se sostiene el accionar de Ana María a lo largo de su vida, en sus trayectos y quehaceres así como en su labor de ciudadana con amplia conciencia social, aunque para ella es un compromiso asumido por los sobrevivientes.  “Somos la voz de aquellos a quienes le quitaron la voz, la palabra de quienes tienen la palabra ausente. Nos erguimos y decimos frente a sus propios verdugos y a nuestros verdugos '¿qué hicieron? ¿Cómo lo hicieron' y que rindan cuentas ante la sociedad por sus crímenes".

 

 

"Dicen que el antónimo del olvido no es la memoria, sino la justicia. Y en eso creo que tiene razón", concluyó la mujer.

 

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