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La historia de Chonino: el perro que se hizo bronce

Hace 43 años, entre balas y lluvia, un ovejero alemán escribió su nombre en la historia argentina. En el Día Nacional del Perro, una invitación a preguntarnos: ¿Es la lealtad una elección o es el condicionamiento de una especie condenada a servirnos? Por Facundo Valle. 

Por redacción
| Hace 12 horas

El 4 de abril de 1975, en Buenos Aires, nació un cachorro con el destino marcado en el lomo: el mismo destino de cuaquier ovejero alemán que la policía argentina reservaba para sus filas. En diciembre del 77 fue reclutado, a los dos años, como un integrante más en la División Perros. No quedó registro de su vida antes del uniforme, y tampoco se sabe el porqué de su nombre, que quedaría grabado a fuego en la historia policial argentina: Chonino.

 

 

Lo adiestraron para ser diente y garra, un perro de presa capaz de detener el tiempo en situaciones de peligro. Pero sus días, al principio, fueron de fútbol y recitales, paseos de uniforme entre la multitud. El más saliente ocurrió el primero de junio de 1978 durante la inauguración del Mundial de fútbol en el estadio de River Plate. Aquel empate sin goles entre Alemania y Polonia fue su primer servicio.

 

 

La tarde-noche del 2 de junio de 1983 llovía en el barrio porteño de Devoto. Todavía la democracia era un rumor lejano. Una serie de llamadas a la Comisaría 45 solicitó el patrullaje de la Policía Federal. Chonino y su guía, el suboficial Luis Sibert, fueron enviados a patrullar la zona, apoyados por el agente Jorge Ianni. En el camino se cruzaron con dos sombras cerca de un comercio que bajaba las persianas. La identificación, el pedido de documentos, y de pronto el estallido: la balacera de los cuatro, el plomo cruzando la lluvia. Los dos policías cayeron.

 

 

Sibert, con la sangre tiñendo la vereda, gritó la orden clave: "¡Ataque!". Chonino, obediente a la condena de su entrenamiento, se lanzó como un rayo sobre uno de los hombres. Lo mordió, lo desarmó, lo retuvo. Pero el otro agresor, con la frialdad de quien dispone de la vida ajena, disparó. La bala atravesó el pecho de Chonino.

 

 

El perro soltó un quejido de dolor y liberó a su presa. Herido, dejando un rastro de vida sobre la vereda, volvió con dificultad hasta donde estaba tirado Sibert y se acostó sobre él. Le lamió la cara, le ofreció el último calor de un cuerpo. Algunos testigos dicen que hubo un último disparo del agresor, un remate que buscaba el cuerpo del policía, pero que encontró, como un escudo de carne y huesos, el lomo del perro. Cerca de las nueve de la noche, Chonino respiró por última vez. Tenía ocho años y un mundo por vivir.

 

 

La leyenda cuenta que, cuando llegaron los refuerzos, los paramédicos encontraron algo entre los dientes de aquel héroe obligado: un pedazo de campera. En el bolsillo de ese trapo, estaban los documentos de uno de los delincuentes. Gracias a ese pedazo de identidad arrancada a dentelladas, los asesinos fueron detenidos cinco días después en la provincia de Buenos Aires.

 

 

El oficial Ianni murió ahí, en la calle. Sibert sobrevivió tras varias operaciones para contar la historia y para ver cómo, en 1996, la fecha de la muerte de su compañero se convertía en el Día Nacional del Perro. Los restos de Chonino descansan hoy en el Museo de la Policía Federal y su monumento, un perro sonriendo en el predio de la Policía Montada, nos mira desde un pasaje donde el olvido no se atreve a pasar. "A Chonino", dice la placa, "que dio su vida por salvar a su guía y amigo".

 

 

Durante siglos, los perros han sido los otros brazos y piernas de nuestra humanidad. Asisten, buscan, detectan. Muchos también arriesgan su vida en el combate contra el crimen alistados en las fuerzas de seguridad. El final de Chonino nos interpela desde el silencio. ¿Fue un acto de amor o fue la obediencia ciega de un animal al que le enseñamos a morir antes que a vivir?

 

 

Su muerte es otra de las tantas injusticias de este mundo antropocéntrico: un mundo que somete a los animales a nuestras guerras y, para no sentir culpa, les inventa una conciencia humana, les regala un bronce y les dice "héroe", mientras los obliga a cumplir un deber que nunca pidieron.

 

 

Celebrar el Día del Perro, debería ser un acto de pedir perdón. Un llamado a dejar de verlos como herramientas de nuestra supervivencia. Construir un vínculo nuevo, un trato justo, donde la lealtad no sea un certificado de defunción, sino la promesa de una libertad que, por fin, nos atrevamos a compartir.

 

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