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Para no morir, Made in China

Occidente inventó la ciencia; China, el negocio. Mientras aquí debatimos si investigar es un lujo, ellos están salvando vidas a mitad de precio. El futuro, al parecer, ya tiene sello asiático. Por Alicia Bañuelos

Por redacción
| 23 de septiembre de 2026

Michael Walters tenía 25 años cuando le diagnosticaron linfoma no Hodgkin. Acababa de empezar su primer trabajo después de graduarse. En Auckland le dieron quimioterapia, radioterapia, inmunoterapia. Nada funcionó.

 

 

Entonces le hablaron de la terapia CAR-T, un tratamiento en el que se extraen las células inmunitarias del paciente, se modifican genéticamente en un laboratorio y se reintroducen en el cuerpo para que ataquen el cáncer.

 

 

En Melbourne le dijeron que podían hacerlo, a un costo de hasta 600.000 dólares. Una cifra prohibitiva. Walters y sus amigos lanzaron una campaña de crowdfunding, juntaron lo que pudieron y volaron a Shanghái.

 

 

En el Hospital SinoUnited pagó menos de la mitad. El 18 de agosto supo que su linfoma había entrado en remisión completa. "Si esto hubiera ocurrido hace 10 o 15 años, no habría tenido esta opción", dijo.

 

 

La frase es más importante de lo que parece. No habla solo de gratitud. Habla de una reconfiguración silenciosa, sostenida y acelerada del mapa mundial de la innovación médica. Y de quién queda adentro y quién queda fuera de ese mapa.

 

 

La terapia CAR-T fue pionera en Estados Unidos. Se estudia allí desde la década de 1980. El primer hito clínico llegó en 2012, cuando una nena de Pennsylvania de 6 años llamada Emily Whitehead se convirtió en la primera niña en vencer una leucemia gracias a ese tratamiento. Hoy es estudiante universitaria, a pocos pasos del hospital donde recibió la terapia.

 

 

China la estudia desde los años 90. Y en algún momento del camino dejó de estudiarla para industrializarla. Hoy tiene nueve productos CAR-T aprobados por sus reguladores, más que ningún otro país en el mundo. En junio, Pekín autorizó el primer tratamiento CAR-T del mundo para tumores sólidos, un cáncer de estómago e intestino delgado que antes se consideraba fuera del alcance de esta tecnología. El tratamiento fue desarrollado por CARsgen Therapeutics, con sede en Shanghái, en un programa de ensayos clínicos que incluyó pacientes estadounidenses en el MD Anderson y en la Clínica Mayo.

 

 

Occidente inventó. China industrializó. Ahora le vende.

 

No es una metáfora. Es el modelo de negocio.

 

 

La doctora Sairah Ahmed, directora del programa CAR-T en el departamento de linfoma y mieloma del MD Anderson Cancer Center en Houston, resume el fenómeno con una precisión quirúrgica: China hizo con la terapia CAR-T lo mismo que hizo con otras industrias: la industrializa. Y ella misma aconseja a algunos de sus pacientes extranjeros que busquen tratamiento en China, donde el costo oscila entre 150.000 y 230.000 dólares, frente a los 550.000 y 850.000 dólares que cuesta en Estados Unidos.

 

 

Las razones no son solo económicas. China produce las terapias celulares personalizadas en cuestión de días, en laboratorios a poca distancia de Shanghái. En otros países, la espera puede ser mucho más larga. Y para un paciente con un cáncer agresivo, el tiempo no es un detalle administrativo.

 

 

A esto se suma un sistema regulatorio diseñado para la velocidad. El gobierno chino construyó, desde la década de 1980, una arquitectura institucional orientada a convertir al país en una superpotencia científica en tecnologías clave: inteligencia artificial, vehículos eléctricos, biotecnología. Invirtió en laboratorios y programas de doctorado. Creó atajos regulatorios que permiten iniciar ensayos clínicos en semanas, mientras que en Estados Unidos el mismo proceso puede llevar entre seis y nueve meses. En China, un ensayo puede arrancar en dos a cuatro meses.

 

 

El resultado es que hoy China representa el 30% a nivel global de los medicamentos experimentales en desarrollo, según McKinsey.

 

Mientras los pacientes vuelan a Shanghái, las grandes farmacéuticas van en la misma dirección, pero en primera clase y con chequera.

 

 

En los últimos dos años, empresas occidentales y japonesas firmaron un centenar de acuerdos con biotecnológicas chinas, desembolsando alrededor de 7.500 millones de dólares por adelantado para asegurar los derechos de moléculas y tratamientos prometedores.

 

 

Gigantes farmacéuticos como Pfizer, Gilead y Sanofi encabezan esta marea de inversiones, adquiriendo licencias de fármacos contra el cáncer, terapias CAR-T y avances en "pegamentos moleculares" desarrollados a gran velocidad por firmas locales.

 

 

El director financiero de Gilead lo dijo sin rodeos: lo que sale de China hoy es fundamentalmente distinto de lo que salía hace cinco años.

 

 

Paul Zhang, asesor del mercado biotecnológico chino para la firma Bluestar BioAdvisors, fue más directo todavía: la mayoría de las farmacéuticas estadounidenses y europeas están buscando activamente nuevos medicamentos chinos. Las cosas son más baratas y más rápidas.

 

 

El capital no tiene patria. Tampoco tiene ideología. Tiene retorno.

 

Todo esto ocurre mientras Argentina sigue debatiendo si la ciencia es un gasto o una inversión, mientras recorta presupuesto universitario, mientras los investigadores del CONICET emigran con sus doctorados financiados con dinero público y sus ideas se desarrollan en laboratorios de otro continente.

 

 

China entendió hace cuarenta años lo que todavía no termina de entenderse aquí: que la soberanía del siglo XXI no se mide en territorio sino en capacidad de producir conocimiento, procesarlo y convertirlo en valor. Que un país que no investiga no decide. Que un país que no produce ciencia propia termina comprando la de otros, cuando puede pagarla, y cuando no puede, manda a sus enfermos a buscar en otro lado lo que no supo construir.

 

 

La soberanía, al final, no se protege en las fronteras, sino en los laboratorios. Si no lo entendemos, nuestro destino no será otro que el de seguir exportando talentos para luego tener que ir a buscarlos —o buscarnos— a miles de kilómetros de distancia, cuando la vida se convierta en una urgencia.

 

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