16°SAN LUIS - Lunes 22 de Abril de 2024

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“En las escenas de violencia inconscientemente quería pedirle a Monzón que pare”

El actor que se puso en la piel de Carlos Monzón relató lo difícil que fueron algunas tomas donde primó la violencia, contó cómo hizo para componer el personaje que generó tanta expectativa y defendió un cine federal e inclusivo.

Por Florencia Espinosa
| 03 de febrero de 2020

Jorge Román viene de dos años intensos, casi sin pausa. Algo que contradice con su hablar, propio de alguien nacido en el interior, con una tonada que deschava su infancia y juventud en el noreste argentino y una tranquilidad que invita a extender la charla. En 2018 se puso en la piel del boxeador femicida Carlos Monzón, una interpretación que logró con precisión tras una ardua tarea de investigación para componer el personaje. A principios del año pasado la serie se estrenó por Space y en la segunda mitad del año, por Netflix.

 

La popularidad del actor formoseño de 58 años creció recientemente gracias a la pantalla chica, ya que su carrera está basada fundamentalmente en el cine. En 2018 también se estrenó “Un Gauchito Gil”, filmada en Corrientes y próximamente se estrena “Matar a un muerto”, otra película que filmó en 2019 en Paraguay. Además acaba de finalizar “La luz mala”, que lo llevó nuevamente a Corrientes, más precisamente a Caa Catí, donde interpreta a un lugareño que ve la posibilidad de “salvarse” económicamente porque cae un OVNI en los Esteros del Iberá. También se estrenará, a mitad de año, la película “Roning conurbano”, en la que se pone en el rol de un excéntrico director.

 

Tras su debut en 2000 en “Felicidades” y su consagración en “El Bonaerense”, en 2002, donde interpreta a un hombre humilde que ingresa a la Policía de Buenos Aires; Jorge recorrió el país con producciones que define como “federales e inclusivas”, que cuentan historias autóctonas y le dan trabajo a actores, técnicos y demás equipo de cada lugar; algo que defiende a rajatabla. En ese camino pasó por San Luis en 2014, para filmar “Vigilia”, un trabajo que lo tuvo un mes en San Francisco del Monte de Oro, un pueblo que lo dejó maravillado.

 

 

 

Para este año tiene como proyecto publicar unos cuadernillos de las clases que da por todo el país como docente de teatro y dice que, a futuro, le gustaría experimentar en la dirección de algún corto.

 

—¿Cómo te sentiste con el personaje en “La luz Mala”?

 

—Es la primera vez en mi carrera que me animo a una peli un poquito más costumbrista, con un poquito más de humor, porque seguí siempre una línea mucho más dramática, cuando no trágica. De repente tuve la oportunidad de estar más relajado. Eso me pareció muy interesante. Me sentí muy cómodo porque trabajé con gente que contiene mucho y es muy profesional. Lo interesante es que esa gente, entre producción, equipo y actores, era en un porcentaje muy grande del Chaco y de Misiones; entonces cuando se habla de cine federal o regional hay una realidad muy interesante que está viviendo el NEA hace algunos años y yo soy un privilegiado en formar parte de esa movida y estar con gente amiga.

 

—¿Tuviste el temor de quedar encasillado en algún tipo de personaje?

 

—Cuando me formaba en teatro, allá lejos, en general la visión que uno tiene es hacer personajes diferentes todo el tiempo, es como la panacea, lo mejor. Siempre está el deseo de hacer lo más variado posible los personajes, pero también está la impronta que uno le pone. Sí es cierto que hay personajes que son más fuertes que otros, que pueden dejarte pegado, pero ahí también está la disponibilidad de uno de abrirse a nuevas instancias.

 

—¿Cómo fue interpretar a Carlos Monzón?

 

—Lo de Monzón fue un proceso intenso, porque demandó toda la preparación, la exigencia, el recorrer la vida de él. Era mucha responsabilidad. Y además que a mí me toca la parte donde la vida de él va en declive, en un derrape casi inevitable, entonces se agudiza todo el drama en su vida, la violencia, el alcohol y el femicidio final. Atravesar todo eso no fue precisamente una fiesta. Había que ponerle el cuerpo y no siempre salir enterito, de todos modos particularmente yo creo que mi trabajo como actor es tanto mejor cuanto más tengo la capacidad para entrar y salir de los personajes. Pero admito que en el caso de Monzón, dada la intensidad de lo que teníamos que recorrer, a veces me costaba dormir o descansar, desconectar.

 

 

Si una serie o una película pueden aportar su granito de arena para mejorar la realidad de alguien, entonces la tarea ya está cumplida.

 

 

 

—¿Cómo compusiste al personaje? ¿Tuviste que estudiar mucho material de archivo?

 

—Y en la preparación tuve mucho apoyo de la producción de material, entrevistas. La búsqueda no fue una copia exacta del Monzón real, sino guiarnos por cuestiones fundamentales, el modo de pararse, el modo de mirar, el modo de rematar las cosas, a partir de ahí poner nuestra impronta. Yo conocía la vida de él porque en esa época seguía mucho el deporte en general. Lo que no sabía con detalle era lo que pasó después de que se retiró. Me detuve mucho tiempo en los reportajes que le hacían en la cárcel, sobre todo siguiendo una biografía de Mercedes Martí. Ahí él tiene sus momentos y se ve un Monzón quebrado que no tenía que ver con el ídolo arrogante de la etapa previa. Los guionistas investigaron mucho también. Entonces, suponiendo que yo no hubiera tenido tiempo de investigar más, los guiones por sí mismos ya tenían un contenido profundo y me permitían a mí agarrarme de otras cosas. Los videos me sirvieron para ver la actitud, el modo de mirar, el modo de rematar las frases, lo cortado que era para decir las cosas. Y después las variables que buscamos los actores en relación con su infancia, sus orígenes.

 

—Incluso tuviste que interpretar esa caída del personaje, cuando empieza su relación con Alicia Muñiz es una persona y después del femicidio es otra. Ahí tuviste que componer prácticamente a dos personajes.

 

—Eso fue un trabajo quirúrgico que tuvimos que hacer con el director. Tuvimos una coach también. La serie fue filmada como una película, no tenía el ritmo televisivo. Hacíamos seis escenas como mucho por día, teníamos todo el tiempo del mundo para ensayar, agregar o quitar cosas, grabar, volver a grabar. En el set podíamos vincularnos mejor, en mi caso con Carla Quevedo (quien interpreta a Alicia Muñiz), eso enriqueció mucho todo el trabajo y la serie en general. Eso tenía una contrapartida, a nosotros nos tocaba con Carla un trabajo de detalle que muchas veces significaba golpes, violencia, la verdad que si nos daban a elegir, es mejor no repetirlas más. Veíamos que se acercaba el director y rogábamos que no la pidan de nuevo.             

 

—¿Cuál fue la escena que más te impactó o que sentiste más difícil desde el punto de vista actoral y de la historia en sí?

 

—Está clarísimo que todo lo que sucede en la madrugada del 14 de febrero (cuando ocurre el femicidio de Alicia Muñiz). Todo eso fue muy fuerte, era recrear el crimen y entrar de alguna manera en el estómago de este ser humano. Hacía mucho frío, filmamos eso en julio y agosto de 2018 a la madrugada; yo literalmente a veces en calzoncillos, eso le agregaba un dramatismo extra. En un momento, mientras estaba descansando, después de grabar las peleas, los golpes y las caídas, miro y de repente veo la escena desde afuera y me pongo como un espectador, como alguien que está viendo eso e inconscientemente fue como pedirle a Monzón que pare. Era pedirle basta de ese vínculo de agresión y toxicidad. Entonces de repente dije "qué bárbaro cómo se sostiene esto, por qué no parás" Cuando me siento decir esto digo "wow qué fuerte esto".

 

 

 

—¿Era la primera vez que interpretabas a un personaje de la vida real?

 

—Sí, en algún momento con “El Bonaerense” más de uno pensó que yo no era actor y que me habían sacado de la villa. En ese momento se usaban mucho los no actores. Pero no. En “Monzón” fue la primera vez que hacía un personaje real, con familiares de él vivos, con gente que lo tiene muy presente, con la generación de los ‘50 para arriba, que conoce todo de su vida porque fue el primer deportista mediático por estar con la farándula y con el jet set internacional.

 

—Para vos como actor ¿eso tiene otra carga?

 

—Tiene otra carga porque antes de que me confirmaran a mí el papel yo sentía un interés de la prensa muy fuerte. Además de la expectativa por la vida de él estaba el periodismo muy pendiente detrás.

 

—¿Qué significó este papel para tu vida profesional?

 

—Una de las confirmaciones que yo tengo a medida que pasa el tiempo, contrariamente a lo que uno se imagina, es que el trabajo actoral es en equipo. ¿Qué quiero decir con esto? que nuestro trabajo es vincular, no existe el trabajo aislado de pura vanidad y narcisismo como podría creerse desde afuera. Necesitás vincularte de centro a centro con todo el equipo, con el director, con el cámara, con los vestuaristas. Se genera un espacio emocional que todo confluye a la creación del personaje. Y acá fue un enorme privilegio contar con el equipo que trabajamos. Yo a la distancia sé que no hubiera sobrevivido a muchas escenas si no hubiera estado la gente con la que trabajé. Y es la verdad y fue muy necesario porque eran jornadas desgastantes. Y el hecho de darme cuenta de que cuando los productores te ven en un personaje ya tenés un plus. Eso se dio en mi carrera. En general a los personajes que me tocó hacer los directores los pensaron para mí. Eso ya es una ventaja. Después uno le agregará cosas, pero ya te da mucha confianza.

 

—Contaste que cuando te llegó el guion de “Monzón” tuviste mucho cuidado de ver el eje, sobre todo por el tema de cómo se iba a tratar el femicidio, ¿eso lo hacés con todos los proyectos que te llegan, te fijás que coincida con tu línea de pensamiento?

 

—Inmediatamente después de “Monzón” me dieron la posibilidad de protagonizar una película y yo sentí que era un contenido que no me interesaba contar, pero no tenía que ver con lo ideológico, era pensar hasta qué punto es el momento para contar con mi cuerpo esta historia. En el caso de "Monzón" era importante ver qué línea se recorría, yo me di cuenta, no pasó el tercer capítulo que ya se vio la mirada que tenía. El otro día me llegó al Instagram un mensaje en donde me decían que gracias a la serie una mujer pudo replantearse el tipo de vínculo tóxico que tenía con su pareja. Si una serie o una película pueden aportar su granito de arena para que eso suceda, entonces la tarea ya está más que cumplida. Y otro elemento es conocer al director o directora. El cine es del director, muy a pesar del narcisismo de los actores. Hay que traducir lo que él está viendo, pero para eso tiene que haber una sinergia.

 

—Te hemos visto más en cine, ¿preferís la pantalla grande?

 

—Sí, es la segunda vez que hago una serie. Ya había hecho una serie, con esos contenidos federales, “Reinas”, de Mariano Benito. Fueron ocho capítulos. Digamos que estaba en la vereda opuesta de la producción de “Monzón”, porque se hizo contando con medios ínfimos, y fue muy valioso también, ya que se logró una muy buena serie. Pero a nivel industrial fue esta la primera vez. Mi carrera se dio a partir de “Felicidades”, en el año 2000, siempre en el cine. También porque hace casi 10 años entreno actores para cine, doy talleres. Los hago en el interior o en el exterior. Hace dos meses estuve en Bolivia dando un laboratorio de cine. Estoy escribiendo unos cuadernillos. Entrené actores para miniseries en Misiones y Corrientes. Me gusta mucho estar detrás de cámara. Vamos a ver si este año le puedo dar forma definitiva a los cuadernos, quiero publicarlos.

 

—¿Te gusta la faceta como docente?

 

—Sí, yo soy profesor en Ciencias de la Educación y en algún momento fui ayudante de cátedra en la Universidad del Noroeste, en Pedagogía, Psicología, entonces esa veta la tengo muy dentro mío.

 

—Comenzaste a estudiar teatro a los 30 años, ¿percibiste la vocación un poco más de grande?

 

—No, la verdad que cuando me dicen eso yo siempre digo que ya sentía en la secundaria que era actor. Yo no actuaba en nada, pero eso se siente internamente. Hay algo de la impronta que uno trae. Cuando me vine a Buenos Aires, a los 28 años, yo ya sabía que quería ser actor profesional. Arranqué con teatro y se me dieron algunos bolos y cuando me quise dar cuenta debuté en “Felicidades”.

 

—Tenés un discurso y una práctica muy federal, muy inclusiva de toda la Argentina, ¿qué tan importante es incluir a todo el país en la industria cinematográfica?

 

—En el interior hay una movida muy fuerte desde lo audiovisual, a partir de Misiones, que tiene una Ley Audiovisual, es impresionante lo que hace esa provincia. Yo trabajé mucho ahí, y están incluyendo a Brasil y Paraguay. He entrenado actores de Argentina, Brasil y Paraguay. En el interior también la capacidad profesional es cada vez es mayor. Y además creo que en cada provincia hay muchas historias de ahí, mucho para contar. Entonces el ideal sería que los que viven ahí lo cuenten por propia experiencia. Hasta diría que debería ser el cine que tiene que venir. Que la propia gente de la zona y de la región cuente su historia y no que alguien de afuera, que escuchó de oído, lo quiera venir a contar.

 

—¿Has estado en San Luis?

 

—Sí, en 2014 en San Francisco, un lugar maravilloso, filmamos “Vigilia”, de Julieta Ledesma. Una película que me permitió a mí conocer la India, porque se estrenó mundialmente allí. En San Francisco, por ejemplo, ocupábamos todo un hotel. Cuando hablamos de trabajo y de lo federal hay que hablar de trabajo a secas. Y eso está más allá del glamour, la alfombra roja para los flashes que se ve, es solo una parte del trabajo. El trabajo verdadero es el diario. Había un taxista que me llevaba diariamente al set y me dijo que la serie le había salvado el año. Hay talento y capacidad, pero no siempre los que tienen que ser conscientes de esto y apoyar esto lo saben, pueden o quieren hacerlo. Debe haber políticas que fomenten e incluyan lo audiovisual como fuente de trabajo. Cuando se habla de industria hay que hablar de eso. Pero también somos nosotros, los actores y productores, los que tenemos que dar a conocer esto, así como en este caso, que me dan la oportunidad de decirlo y lo aprovecho.

 

 

EL FEMICIDIO ANTES DE SER FEMICIDIO

 

Eran otros tiempos. En la época en que Carlos Monzón mató a su mujer, Alicia Muñiz, no existía la figura penal de femicidio, que desde el 2012 sirve para tipificar el asesinato cuando media una cuestión de género y con la que debería haber recibido la pena de prisión perpetua. Solo fue condenado a once años de prisión por “homicidio simple” y en la última etapa de su pena comenzó a gozar de salidas transitorias. En una de ellas lo encontró la muerte, en un accidente automovilístico cuando volvía a la prisión.

 

El cambio de época se ve en todos los aspectos y no solo en el legal. Alicia había contado en público reiteradas veces la violencia que recibía por parte de su marido y a nadie le llamaba la atención. Salía en los medios y la gente lo dejaba pasar como si nada. “El campeón” era cuidado por todos, incluso los días posteriores a la noche del 14 de febrero de 1986, cuando estranguló y tiró a su mujer por el balcón de la casa donde se hospedaban en Mar del Plata.

 

Esos mismos medios enaltecían la figura de Monzón y se encargaron de revictimizar a Muñiz, enfocándose en sus infidelidades, mostrando la foto de su cadáver y armando una novela que el público de Argentina y el mundo consumió encantado. En las primeras planas se leían titulares como: “A trompadas con el amor” y “Tras una riña con Monzón murió su mujer” (Clarín) o “El primer knock-out de Monzón” (Le Monde), hablaban de “crimen pasional” y “celos”, además de justificar la violencia con el consumo de alcohol.

 

De aquel “crimen pasional” a hoy recorrimos un largo camino. A raíz del femicidio de Muñiz y gracias a su trascendencia pública surgieron las Comisarías de la Mujer en Buenos Aires.

 

La primera se inauguró en La Plata el 15 de julio de 1988 y demandó una amplia reforma en la manera de trabajar en las dependencias policiales, en la forma de tratar a las mujeres que ingresaban para realizar una denuncia y cómo se continúa con cada caso.

 

Tras el logro de la figura penal de femicidio surgieron campañas y centros de asistencias para víctimas de la violencia machista. La Ley Micaela, que capacita a todos los empleados y funcionarios públicos en violencia de género; el grito “Ni Una Menos”, con epicentro en Argentina y réplicas alrededor del mundo; la Educación Sexual Integral y muchas otras conquistas. En ellas está Alicia y todas las mujeres que mueren cada 24 horas en nuestro país por violencia de género.

 

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