Un pueblo para caminantes

Miguel Garro

¿Cómo es hacer turismo en un pueblo de pendientes crecientes que no tiene estaciones de servicio, bancos ni acepta tarjetas de crédito? Misterios de un lugar para descubrir.

En la entrada a La Cumbrecita hay un cartel, de madera, el material más usado en el pequeño pueblo cordobés, que establece con fría amabilidad algunas condiciones para los visitantes. A las de no quemar las plantas ni cazar la fauna autóctona se suma el aviso menos obvio de ser el primer pueblo peatonal del país. Otros apuntes turísticos mencionan a la localidad como un sitio para descansar sin algunos elementos básicos para el turismo de este siglo: estaciones de servicio, bancos y tarjetas de débito.

Cuando el coronavirus era una amenaza lejana, al inicio de la temporada veraniega en el país, la pequeña localidad cordobesa enclavada en el Valle de Calamuchita recibió a miles de turistas. Las cifras oficiales, solicitadas por “Cooltura” para esta nota a la intendencia, no pudieron ser proporcionadas por las licencias otorgadas a finales del mes pasado para prevenir la extensión de la epidemia.

Ubicada a unos 400 kilómetros de San Luis capital -se puede acceder por Río Cuarto o por el camino de las Altas Cumbres, con poca diferencia de distancia-, La Cumbrecita tiene un ingreso de empedrado que empieza unos cuantos kilómetros antes de la entrada propia al pueblo, el sitio donde está el cartel de bienvenida con las indicaciones pertinentes.

Allí hay un estacionamiento para unos cincuenta vehículos en donde los automovilistas que no tienen reserva deben dejar sus rodados para emprender el paseo a pie. En rigor, La Cumbrecita tiene solo una calle enteramente peatonal donde se suceden los bares y los comercios más concurridos. El resto del pueblo permite el acceso a los vehículos, aunque la conciencia de pobladores y turistas es tal que solo se entra motorizado cuando es estrictamente necesario.

 

 


 

 

Otra promesa que en los últimos años se ha roto al costado del cristalino río de La Cumbrecita es la no recepción de tarjetas de crédito ni débito, por lo que el visitante debía de hacerse de una buena cantidad de efectivo para pasar unos días. Hay en el pueblo algunos negocios que comenzaron a aceptar el plástico e incluso que se han adherido a Mercadopago. “Lo hacemos para la comodidad de los clientes; no creemos que con eso rompamos el encanto del pueblo”, dice el dueño de la pizzería “La Costa”, ubicada justamente a la vera del río.

De todos modos, concebir a La Cumbrecita como un pueblo donde se puede hacer turismo sin autos y sin tarjetas de crédito es mirar solo una parte de la oferta. El pueblo tiene una amplia oferta gastronómica, algunos paisajes dignos de visitar y un espíritu de turismo aventura que también se convierten en atractivos.

Al ser uno de los pueblos más altos de Córdoba –está muy cerca del cerro Champaquí, el de más altitud en la provincia-, las calles de La Cumbrecita son pendientes muy pronunciadas que requieren del turista un estado físico cuanto menos acostumbrado. Por las subidas y porque las calles son de tierra no es recomendable llevar coches de bebé y cargar a un niño en brazos es un esfuerzo más que se notará al final del recorrido.

Parece difícil perderse en un pueblo tan chico, cuyos habitantes apenas rozan el millar, sin embargo el trazado de las calles y el hecho de enfrentarse a una localidad desconocida puede llevar al desprevenido a tomar el rumbo equivocado. De noche, por la es casa iluminación callejera y porque muchos de los hospedajes quedan en zonas alejadas a la peatonal el riesgo de desorientarse es aún mayor. En cualquier caso, lo más recomendable es preguntar a algún lugareño que no solo indicará con precisión y esmero, sino que llegado el caso se ofrecerá a acompañar al turista hasta su lugar de hospedaje.

 

Una colina alemana

En 1932, con la idea de encontrar un lugar de descanso, un médico alemán llegó a ese pequeño paraje de las sierras cordobesas junto a su esposa y sus dos hijos. Con ellos viajaba su ama de llaves, Liesbeth Menhert y su marido. Decididos a radicarse en el lugar por las bellezas naturales que les ofrecía, los miembros de la familia empezaron a dividirse las tareas.

El doctor y su esposa establecieron una suerte de hostería; los dos hijos del matrimonio, ingenieros, diagramaron las calles del pueblo y Liesbeth y su esposo se dedicaron a la repostería.

El desarrollo turístico del pueblo no tardó en expandirse y poco más de medio siglo después de su fundación La Cumbrecita es una opción muy viable para el turismo regional. Uno de los sostenes de ese crecimiento es la gastronomía, en gran parte dominada por los menús con comida alemana que van del chucrut a la salchicha de aquel país y a una variante de pizza, llamada Flammkuchen, que se puede comer en un restó de la esquina de la peatonal.

“La masa es de agua y harina, se pone cebolla cruda, panceta y queso y se manda todo al horno durante diez minutos. Todos los ingredientes están un poco más condimentados que la pizza de otros países”, informa Néstor, un uruguayo que instaló un restaurante con nombre alemán en La Cumbrecita.

 

 

 

Aunque los precios son sensiblemente menores a los que se cobran en San Luis (una pareja puede comer tranquilamente por 700 pesos) el gran inconveniente que presenta la oferta de bares y restaurantes en la localidad son los horarios. Incluso viernes y sábado, es muy difícil conseguir mesa después de las 22, no porque la demanda sea excesiva sino porque los propios locales cierran sus cocinas exactamente a esa hora. No parece el rango horario ideal para una zona turística.

Como contrapartida, algunos restoranes ofrecen un servicio gratuito de traslado a sus comensales desde su lugar de hospedaje hasta el local y regreso para aquellos que están alojados en cabañas un tanto alejadas.

En el pueblo es muy conocida y todos recomiendan las tortas que todavía se hacen en “La Casa de Liesbeth”, una bella vivienda al costado del río que tiene la descendencia nada más y nada menos que del ama de llaves de los fundadores del pueblo. Las empanaditas de frambuesa y las tortas de nuez y avellana son exquisitas, pero para afortunados: el local solo abre sábados y domingos de 15 a 19.

Como buena colonia alemana, la cerveza artesanal es la bebida oficial del pueblo ubicado a unos 40 kilómetros de Villa General Belgrano, donde se hace el Octoberfest más importante del país. Con evidente relación con esa localidad, en La Cumbrecita pareciera que hay muchas fábricas de la bebida, pero la realidad marca otra cosa.

Mario Eschahuer es un joven que tiene una barba rubia que lo envejece y lo “alemaniza” aún más. Es el dueño de un pequeño local que vende salames, quesos, frutas secas, chocolates y, por supuesto, cerveza, a pocos metros de la peatonal y que aclara la situación. “En realidad, en La Cumbrecita hay solo tres fábricas de cervezas autóctonas; después hay una que tiene su etiqueta de acá pero se hace en otro lado y otra que parece hecha acá pero que tiene toda la fábrica en Córdoba capital”.

 

 


Lugares para visitar

Además de la bella vista que tiene cualquier paseo céntrico en el pueblo, la localidad tiene algunos puntos turísticos muy recomendables para visitar. Uno de ellos es la llamada “Cascada grande”, un salto de agua de casi diez metros de altura que desemboca en una bellísima pileta natural ideal para el chapuzón.

El inconveniente es que llegar hasta allí no es fácil y hay que sortear un angosto camino lleno de piedras, arbustos, subidas y desniveles. De todos modos, llegar al lugar vale la pena y familias completas se entregan a la experiencia.

De acceso más fácil, La Olla es otro accidente natural que está en el mismo río y que ofrece otro espejo de agua cristalina. Pese a que lógicamente es más concurrido, es muy difícil que allí se congreguen más de 40 personas por tarde, algo que también sucede en cualquier punto del Río del Medio, que rodea La Cumbrecita.

Otro lugar al que los visitantes concurren en masa cuando van al pueblo de Calamuchita es “Peñón del Águila”, una reserva natural privada donde se puede hacer tirolesa, caminar por puentes colgantes, recorrer el lugar entre flora y fauna autóctona –entre los que se cuentan los famosos hongos de sombrero rojo- y comer algo en un coqueto restaurante alpino.

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Un pueblo para caminantes

¿Cómo es hacer turismo en un pueblo de pendientes crecientes que no tiene estaciones de servicio, bancos ni acepta tarjetas de crédito? Misterios de un lugar para descubrir.

En la entrada a La Cumbrecita hay un cartel, de madera, el material más usado en el pequeño pueblo cordobés, que establece con fría amabilidad algunas condiciones para los visitantes. A las de no quemar las plantas ni cazar la fauna autóctona se suma el aviso menos obvio de ser el primer pueblo peatonal del país. Otros apuntes turísticos mencionan a la localidad como un sitio para descansar sin algunos elementos básicos para el turismo de este siglo: estaciones de servicio, bancos y tarjetas de débito.

Cuando el coronavirus era una amenaza lejana, al inicio de la temporada veraniega en el país, la pequeña localidad cordobesa enclavada en el Valle de Calamuchita recibió a miles de turistas. Las cifras oficiales, solicitadas por “Cooltura” para esta nota a la intendencia, no pudieron ser proporcionadas por las licencias otorgadas a finales del mes pasado para prevenir la extensión de la epidemia.

Ubicada a unos 400 kilómetros de San Luis capital -se puede acceder por Río Cuarto o por el camino de las Altas Cumbres, con poca diferencia de distancia-, La Cumbrecita tiene un ingreso de empedrado que empieza unos cuantos kilómetros antes de la entrada propia al pueblo, el sitio donde está el cartel de bienvenida con las indicaciones pertinentes.

Allí hay un estacionamiento para unos cincuenta vehículos en donde los automovilistas que no tienen reserva deben dejar sus rodados para emprender el paseo a pie. En rigor, La Cumbrecita tiene solo una calle enteramente peatonal donde se suceden los bares y los comercios más concurridos. El resto del pueblo permite el acceso a los vehículos, aunque la conciencia de pobladores y turistas es tal que solo se entra motorizado cuando es estrictamente necesario.

 

 


 

 

Otra promesa que en los últimos años se ha roto al costado del cristalino río de La Cumbrecita es la no recepción de tarjetas de crédito ni débito, por lo que el visitante debía de hacerse de una buena cantidad de efectivo para pasar unos días. Hay en el pueblo algunos negocios que comenzaron a aceptar el plástico e incluso que se han adherido a Mercadopago. “Lo hacemos para la comodidad de los clientes; no creemos que con eso rompamos el encanto del pueblo”, dice el dueño de la pizzería “La Costa”, ubicada justamente a la vera del río.

De todos modos, concebir a La Cumbrecita como un pueblo donde se puede hacer turismo sin autos y sin tarjetas de crédito es mirar solo una parte de la oferta. El pueblo tiene una amplia oferta gastronómica, algunos paisajes dignos de visitar y un espíritu de turismo aventura que también se convierten en atractivos.

Al ser uno de los pueblos más altos de Córdoba –está muy cerca del cerro Champaquí, el de más altitud en la provincia-, las calles de La Cumbrecita son pendientes muy pronunciadas que requieren del turista un estado físico cuanto menos acostumbrado. Por las subidas y porque las calles son de tierra no es recomendable llevar coches de bebé y cargar a un niño en brazos es un esfuerzo más que se notará al final del recorrido.

Parece difícil perderse en un pueblo tan chico, cuyos habitantes apenas rozan el millar, sin embargo el trazado de las calles y el hecho de enfrentarse a una localidad desconocida puede llevar al desprevenido a tomar el rumbo equivocado. De noche, por la es casa iluminación callejera y porque muchos de los hospedajes quedan en zonas alejadas a la peatonal el riesgo de desorientarse es aún mayor. En cualquier caso, lo más recomendable es preguntar a algún lugareño que no solo indicará con precisión y esmero, sino que llegado el caso se ofrecerá a acompañar al turista hasta su lugar de hospedaje.

 

Una colina alemana

En 1932, con la idea de encontrar un lugar de descanso, un médico alemán llegó a ese pequeño paraje de las sierras cordobesas junto a su esposa y sus dos hijos. Con ellos viajaba su ama de llaves, Liesbeth Menhert y su marido. Decididos a radicarse en el lugar por las bellezas naturales que les ofrecía, los miembros de la familia empezaron a dividirse las tareas.

El doctor y su esposa establecieron una suerte de hostería; los dos hijos del matrimonio, ingenieros, diagramaron las calles del pueblo y Liesbeth y su esposo se dedicaron a la repostería.

El desarrollo turístico del pueblo no tardó en expandirse y poco más de medio siglo después de su fundación La Cumbrecita es una opción muy viable para el turismo regional. Uno de los sostenes de ese crecimiento es la gastronomía, en gran parte dominada por los menús con comida alemana que van del chucrut a la salchicha de aquel país y a una variante de pizza, llamada Flammkuchen, que se puede comer en un restó de la esquina de la peatonal.

“La masa es de agua y harina, se pone cebolla cruda, panceta y queso y se manda todo al horno durante diez minutos. Todos los ingredientes están un poco más condimentados que la pizza de otros países”, informa Néstor, un uruguayo que instaló un restaurante con nombre alemán en La Cumbrecita.

 

 

 

Aunque los precios son sensiblemente menores a los que se cobran en San Luis (una pareja puede comer tranquilamente por 700 pesos) el gran inconveniente que presenta la oferta de bares y restaurantes en la localidad son los horarios. Incluso viernes y sábado, es muy difícil conseguir mesa después de las 22, no porque la demanda sea excesiva sino porque los propios locales cierran sus cocinas exactamente a esa hora. No parece el rango horario ideal para una zona turística.

Como contrapartida, algunos restoranes ofrecen un servicio gratuito de traslado a sus comensales desde su lugar de hospedaje hasta el local y regreso para aquellos que están alojados en cabañas un tanto alejadas.

En el pueblo es muy conocida y todos recomiendan las tortas que todavía se hacen en “La Casa de Liesbeth”, una bella vivienda al costado del río que tiene la descendencia nada más y nada menos que del ama de llaves de los fundadores del pueblo. Las empanaditas de frambuesa y las tortas de nuez y avellana son exquisitas, pero para afortunados: el local solo abre sábados y domingos de 15 a 19.

Como buena colonia alemana, la cerveza artesanal es la bebida oficial del pueblo ubicado a unos 40 kilómetros de Villa General Belgrano, donde se hace el Octoberfest más importante del país. Con evidente relación con esa localidad, en La Cumbrecita pareciera que hay muchas fábricas de la bebida, pero la realidad marca otra cosa.

Mario Eschahuer es un joven que tiene una barba rubia que lo envejece y lo “alemaniza” aún más. Es el dueño de un pequeño local que vende salames, quesos, frutas secas, chocolates y, por supuesto, cerveza, a pocos metros de la peatonal y que aclara la situación. “En realidad, en La Cumbrecita hay solo tres fábricas de cervezas autóctonas; después hay una que tiene su etiqueta de acá pero se hace en otro lado y otra que parece hecha acá pero que tiene toda la fábrica en Córdoba capital”.

 

 


Lugares para visitar

Además de la bella vista que tiene cualquier paseo céntrico en el pueblo, la localidad tiene algunos puntos turísticos muy recomendables para visitar. Uno de ellos es la llamada “Cascada grande”, un salto de agua de casi diez metros de altura que desemboca en una bellísima pileta natural ideal para el chapuzón.

El inconveniente es que llegar hasta allí no es fácil y hay que sortear un angosto camino lleno de piedras, arbustos, subidas y desniveles. De todos modos, llegar al lugar vale la pena y familias completas se entregan a la experiencia.

De acceso más fácil, La Olla es otro accidente natural que está en el mismo río y que ofrece otro espejo de agua cristalina. Pese a que lógicamente es más concurrido, es muy difícil que allí se congreguen más de 40 personas por tarde, algo que también sucede en cualquier punto del Río del Medio, que rodea La Cumbrecita.

Otro lugar al que los visitantes concurren en masa cuando van al pueblo de Calamuchita es “Peñón del Águila”, una reserva natural privada donde se puede hacer tirolesa, caminar por puentes colgantes, recorrer el lugar entre flora y fauna autóctona –entre los que se cuentan los famosos hongos de sombrero rojo- y comer algo en un coqueto restaurante alpino.

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