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Cayó el héroe del machismo argentino

En la calle Vidal, del conocido barrio porteño de Belgrano, la leyenda del hombre "que hizo lo que todos deseaban, pero ninguno se animaba" se vivía en carne y hueso. Mi mamá tenía un estudio de pilates llamado "Armonía" al lado de una casa gris desgastada por el tiempo, donde Ricardo Alberto Barreda vivió junto a su pareja "Pochi", quien años después descubrí que su verdadero nombre era Berta André. Para mí siempre será la amable señora que tomaba clases con mi vieja y que cotidianamente andaba con su bolsita de las compras al hombro.

 

Lejos de ser un mito, Barreda era 100% real y tangible, sus miradas a las mujeres que tenían la desgracia de cruzarse con él en una calle eran inolvidables y atemorizantes. Lo que más recuerdo es el frío de sus ojos calculadores o su caminar descarado, con la fluidez de un hombre libre, cuando en realidad "cumplía" una sentencia por el cuádruple femicidio de su esposa, Gladys McDonald, sus dos hijas, Cecilia y Adriana Barreda, y su suegra, Elena Arreche, en 1992.

 

Del otro lado de la moneda estaban los gritos de los hombres que pasaban por su casa y que se escuchaban desde la ventana del gimnasio de mi madre. "Ídolo" o "grande" eran las alusiones más escuchadas, todas ellas hacían pensar que del otro lado estaba el “Diez” de la Selección Argentina. Pero para mí, mi mamá y el centenar de alumnas que pasaban por "Armonía" era un constante recuerdo de que asesinar mujeres era una diversión e incluso un anhelo para el público masculino.

 

A los 13 años entendí que si un hombre, un amigo, una pareja o un desconocido me llegaba a matar por el simple hecho de ser mujer a nadie le horrorizaría y que la Justicia argentina tampoco pelearía por mí, como no lo hizo por Gladys, Cecilia, Adriana y Elena.

 

Cualquiera podría decir que a Barreda le cayó todo el peso de la Justicia, pero eso es porque no vivían en mi barrio. En 1995, el cuádruple femicida recibió reclusión perpetua, por "Triple homicidio calificado y homicidio simple". Al poco tiempo comenzó a escribirse cartas con "Pochi", con quien se puso de novio, y en 2008 le dieron prisión domiciliaria. Sin embargo, para las personas que transitamos la calle Vidal, entre Blanco Encalada y avenida Olazábal, el término no era más que un formalismo.

 

Recuerdo acompañar a mi madre a comprar y que el verdulero de mi barrio le contara detalles que, acompañados del nombre Barreda, resultaban escalofriantes. Al femicida le gustaba ir y controlar el pesaje de sus frutas y verduras con exactitud. Si él pedía 330 gramos de manzanas quería específicamente eso, ni un gramo más ni uno menos, sino la sumisa "Pochi" volvía a cambiar el pedido. Lo mismo ocurría con el carnicero y con el dueño de la fiambrería. Ahora me doy cuenta que estos detalles representaban la imagen de un psicópata, y uno que andaba suelto.

 

Por todo eso y cosas que mi cabeza de adolescente ya no recuerdan, ayer la noticia de que había muerto, a sus 83 años, en un geriátrico de José C. Paz, representa para las mujeres de Belgrano, y de toda Argentina, la caída del "héroe del machismo".

 

 

Un Barreda desgastado.

 

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