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La mujer que hizo su carrera al galope del coraje

Recorrió hipódromos de todo el país y dejó su huella en todos. Comprendió que el respeto hacia el animal es la clave para una carrera de largo aliento. Anunció su retiro del turf.

Por Norma Sosa
| 31 de diciembre de 2025

En el turf hay nombres que no necesitan estadísticas para ser recordados. Son los que se ganaron un lugar por conducta, por constancia y por una relación honesta con el caballo. Miriam del Carmen Ávila pertenece a esa estirpe. Al anunciar su retiro de las pistas, la deportista no cierra una campaña: corona una forma de vivir la profesión.

 

 

Nacida el 16 de marzo de 1970, en una pequeña localidad del Departamento San Martín, en la provincia de San Luis, Miriam llegó al mundo del turf desde donde nacen los sueños largos, los que se construyen despacio, sin luces, con madrugadas frías, balanza exigente y una voluntad que aprende a no aflojar.

 

 

Su trayectoria fue amplia, federal y profundamente comprometida. Recorrió hipódromos grandes y chicos, se formó en escenarios de peso y llevó su profesionalismo a cada pista donde hubo una carrera por correr bien. La Plata, Palermo, San Isidro, Córdoba, Mendoza, Río Cuarto, San Juan, San Luis y otros tantos fueron testigos de una jocketa que supo interpretar cada monta como un acto de responsabilidad.

 

 

Nunca fue de estridencias. Su sello estuvo en la lectura de la carrera, en el respeto por el animal y en esa calma que solo da la experiencia. Miriam entendió siempre que el caballo es el protagonista y que el jinete debe estar a la altura de ese privilegio. Por eso su nombre quedó asociado a montas confiables, a compromisos asumidos y cumplidos.

 

 

En un ambiente históricamente duro, ser mujer fue un desafío adicional. Ella no lo esquivó ni lo convirtió en bandera ruidosa. Lo enfrentó como enfrentó todo: trabajando, aprendiendo y sosteniéndose. Fue jocketa, fue instructora, fue formadora. Transmitió códigos, enseñó valores y dejó claro que la fortaleza también puede ser serena.

 

 

A lo largo de los años llegaron premios, reconocimientos y tardes importantes, pero su mayor logro fue otro: el respeto del ambiente, que no se compra ni se impone, se gana. El de los vestuarios, el de los cuidadores, el de quienes saben mirar más allá del resultado.

 

 

En el tramo final de su carrera, siguió vinculada al turf desde distintos roles, confirmando que cuando la pasión es verdadera no se apaga con el tiempo: solo cambia de forma. El retiro, en su caso, no es un adiós, sino una transición natural después de una vida bien corrida.

 

 

Hoy Miriam del Carmen Ávila se baja del estribo con el corazón tranquilo. La misión está cumplida. Quedan las huellas, el ejemplo y una historia que no necesita exageraciones, porque está hecha de verdad.

 

 

Porque en el turf, como en la vida, hay carreras que se ganan sin levantar la fusta. Y esta, sin dudas, es una de ellas.

 

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