Padres y juguetes perdidos
La quinta entrega de la historia interpela como pocas veces en la saga la participación de los padres en el desarrollo social y humano de sus hijos.
Quienes hoy tienen 40 años –por mencionar una edad promedio del espectador de cine- tenían solo 10 cuando Andy comenzó a deshacerse de sus juguetes en la inolvidable “Toy story”, la película con la que Pixar inauguró una nueva forma de hacer cine infantil a tal punto que Disney no tardó en absorverla. Quienes tienen 50 hoy tenían 20 cuando sucedió aquel fenómeno cinematográfico y se preguntan, con la duda del paso del tiempo sobre sus frentes, cómo es que a esa edad se interesaron por una historia de juguetes.
Posiblemente muchos de aquellos espectadores desprevenidos sean hoy padres y hayan encontrado en la quinta parte, estrenada hace unas semanas, una trama que los indague en ese rol para el que nadie parece estar cien por ciento preparado. El conflicto central que presenta la película es cómo la tecnología, las pantallas, los celulares y la era digital consiguieron que los chicos ya no se interesen por muñecos, autitos, caballitos, peluches y personajes de astronautas o vaqueros.
La pregunta incómoda aunque posiblemente innecesaria parece ser cómo es que los padres dejaron que sus hijos cayeran en esas trampas, como si el mundo adulto tuviera alguna posibilidad de evitar que Tik Tok sea el entretenimiento preferido de cualquier ser humano que tenga un teléfono a mano y menos de 14 años.
Aunque puede que haya algún punto de conciliación entre los dos extremos que se disputan el tiempo libre de la infancia, la película propone dos bandos bien diferenciados: los juguetes tradicionales y las tablets; lo antiguo y lo moderno; lo analógico y lo digital. Es una discusión que está, en rigor, en todos lados, en la cotidianeidad.
En la quinta entrega, la protagonista es una nena de 8 años que tiene dificultades para hacer amistades y se refugia en sus juguetes. Preocupados por su timidez, sus padres le compran una tablet que no tardará en tomar vida y entrar en conflicto con sus compañeros de pieza, todos los personajes secundarios de la historia, de Cara de papa a Slinky, el perro resorte; del chanchito Hamm al dinosaurio Rex. Por supuesto que el mayor enfrentamiento será con Jessie, la vaquerita, la líder de la juguetería.
Con pocas apariciones, escondidos detrás de una trama donde los humanos son menos importantes que los juguetes, los padres de la nena son el reflejo claro de la nueva forma de paternar, mucho más complaciente que la que recibieron aquellos que hoy tienen 40 o 50 años. No solo porque soportan los berrinches de la nena –hija única- con dolorosa resignación, sino también porque le conceden todos sus gustos, que en la película no se presentan como caprichos, pero bien podrían serlo.
Sin serlo directamente, en la pasividad de los padres está una de las críticas que la película se permite sobre la educación. Por lo demás, la presencia siempre atractiva de Buzz, las cargadas sobre los achaques del tiempo a Woody y tres nuevos personajes en la transición entre lo tecnológico y lo anterior le dan la ternura y la gracia a una película que, con color y ánimo, se mete con un tema espinoso.
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