Rodríguez Saá volvió a la Mixta: una hora entre la historia, el peronismo y sus recuerdos
El exgobernador participó del ciclo por los 150 años de la "Mixta" . Desde una mirada que definió como subjetiva y peronista, recorrió la convulsionada década del 60, la Guerra Fría, la Revolución Cubana, y los cambios culturales, hasta desembocar en el San Luis de su infancia y sus años como alumno de la histórica institución.
Volver a la Escuela Normal Juan Pascual Pringles significó para Alberto Rodríguez Saá mucho más que sentarse frente a un auditorio para hablar de historia. El exgobernador regresó a un edificio atravesado por su propia biografía y desde allí propuso mirar la década del 60 combinando acontecimientos mundiales, política argentina, transformaciones culturales y recuerdos personales de aquel San Luis.
La presencia del exmandatario formó parte del ciclo de conversatorios “Historia, Educación y Democracia en los 150 años de la Mixta”, organizado en el marco del aniversario de la institución. Rodríguez Saá fue presentado como egresado de la Escuela Normal, exdocente, abogado, escritor, historiador, exsenador nacional y exgobernador. Pero la institución eligió destacar especialmente otra condición: la de “normalista”.
Antes de comenzar la exposición, Rodríguez Saá estableció las reglas bajo las cuales hablaría. No pretendía ofrecer una conferencia académica ni presentar una interpretación despojada de sus propias convicciones. Por el contrario, reivindicó al conversatorio como un ámbito en el que quien habla puede hacerlo desde la subjetividad.
“Conversatorio es bueno, conversamos. Y lo que conversa uno es subjetivo”, planteó. Inmediatamente después explicitó desde dónde iba a construir su relato: “Soy Alberto Rodríguez Saá, soy presidente del Partido Justicialista de San Luis”.
Esa aclaración atravesó el resto de su exposición. Rodríguez Saá no escondió su pertenencia política al momento de abordar la historia y sostuvo que cualquier lectura del pasado está condicionada por las ideas de quien la formula. “Yo soy liberal, yo soy peronista. Uno lo dice entonces cuando uno habla de un tema de la historia sabe que lo está diciendo con una carga subjetiva y su ideología”, expresó.
Antes que abogado, normalista
El regreso también abrió una puerta hacia su propia formación. Rodríguez Saá recordó su paso por el edificio, sus estudios y el título de maestro normal superior. También evocó la Escuela de Dibujo Técnico que funcionaba allí y al profesor Amado Neme, que era su director.
Contó que obtuvo el título de dibujante técnico y posteriormente el de maestro de dibujo. Esa formación, señaló, le permitió trabajar en Buenos Aires mientras cursaba Abogacía en la Universidad Nacional de Buenos Aires.
El recuerdo resultó significativo porque, al hablar de sí mismo, relativizó incluso la profesión con la que durante décadas fue identificado públicamente.
“Yo no me sentía ya abogado, me siento cada vez menos”, dijo.
Después enumeró otras actividades que forman parte de su vida: la pintura, la escultura y la arquitectura.
La Mixta aparecía así no solamente como escenario del conversatorio, sino como uno de los puntos desde donde Rodríguez Saá comenzó a construir su identidad personal, profesional y política.
Una década “convulsionada, violenta, agitada, inestable, fuerte”
El eje central de la exposición fue la década del 60. Para introducirla, Rodríguez Saá planteó que cada período histórico puede ser identificado a través de acontecimientos que terminan definiéndolo. Habló de la Revolución Rusa, la Revolución Mexicana, el hundimiento del Titanic, la Segunda Guerra Mundial y la bomba atómica para explicar esa idea.
Cuando llegó a los años 60, eligió cinco palabras: “convulsionada, violenta, agitada, inestable, fuerte”.
A partir de allí construyó un largo recorrido por el escenario internacional.
La Guerra Fría ocupó un lugar central. Describió la división del mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial, la confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética, la carrera armamentística, el Muro de Berlín y el temor permanente a un enfrentamiento nuclear.
Rodríguez Saá presentó aquel clima internacional como mucho más que una disputa entre dos potencias. Según su relato, sus consecuencias alcanzaban a la política, la cultura y la vida cotidiana de países como la Argentina.
También se detuvo en Vietnam, al que ubicó dentro de las guerras regionales surgidas de aquella confrontación global, y en la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos.
Kennedy apareció reiteradamente en su reconstrucción, al igual que Lyndon Johnson. Desde allí avanzó hacia otro de los acontecimientos que, según su mirada, condicionó profundamente a Latinoamérica: la Revolución Cubana.
Cuba, los misiles y un mundo que miraba el reloj
Rodríguez Saá repasó el triunfo de Fidel Castro, la caída de Batista, Bahía de los Cochinos y el posterior acercamiento cubano a la Unión Soviética.
Su relato desembocó en la crisis de los misiles.
La describió como uno de los momentos en que la humanidad estuvo pendiente, casi minuto a minuto, de la posibilidad de una guerra nuclear. “La humanidad empieza a contar, mirar el reloj”, resumió al reconstruir aquellos días de máxima tensión entre Washington y Moscú.
El exgobernador incluso trazó un puente entre aquella experiencia y conflictos del presente. La exposición, de esa manera, no quedó encerrada en la evocación histórica: utilizó acontecimientos de los años 60 para interpretar las tensiones internacionales actuales.
La carrera por llegar al espacio
La otra gran competencia entre Estados Unidos y la Unión Soviética fue, en su reconstrucción, la carrera espacial.
Recordó a Yuri Gagarin y el impacto que significó para la Unión Soviética colocar al primer hombre en el espacio. También relató la reacción norteamericana y la decisión de Kennedy de comprometer a Estados Unidos con la llegada a la Luna antes de que terminara la década.
La política internacional, sin embargo, era solamente una parte de la historia que quería contar.
Porque los años 60 también entraban en las casas, modificaban las relaciones entre padres e hijos, cambiaban la música, cuestionaban las costumbres y comenzaban a transformar las formas en que los jóvenes se relacionaban con la autoridad.
El peronismo proscripto y una democracia incompleta
Al trasladar el relato a la Argentina, Rodríguez Saá colocó en primer plano la proscripción del peronismo.
“Era una época que no hubo un día de democracia real, ni un día”, afirmó.
Y profundizó: “El peronismo estaba proscripto. El peronismo era el gran problema de los gobiernos antiperonistas. Absolutamente proscripto”.
Desde esa interpretación repasó las presidencias y crisis institucionales del período, el peso de las Fuerzas Armadas y la permanente amenaza de los golpes de Estado.
Incluso recordó que determinadas palabras, símbolos y referencias vinculadas al justicialismo estaban prohibidas.
“Palabra justicialismo, justicialista, tres banderas (...) los símbolos, Eva, Perón, no se podía. No se podía”, relató.
No fue un dato menor dentro del conversatorio. Rodríguez Saá había advertido al comenzar que hablaba desde su identidad peronista y, cuando llegó a la Argentina de los años 60, esa pertenencia pasó al centro de su interpretación.
Cosquín, una guitarra y la juventud
Pero su década del 60 no fue solamente golpes, proscripciones, bombas y conflictos internacionales.
También tuvo música. Rodríguez Saá recordó el nacimiento y crecimiento de Cosquín como un acontecimiento que atravesó a los jóvenes argentinos. Nombró a Los Chalchaleros, Los Fronterizos, Los Cantores del Alba, Hernán Figueroa Reyes, Atahualpa Yupanqui, Jorge Cafrune y Mercedes Sosa.
“Todos seguíamos a Cosquín”, recordó.
Después trasladó la mirada al fenómeno internacional que representaron los Beatles.
En su interpretación, el rock no era únicamente música. Era una manifestación generacional y una manera de disputar los controles que pesaban sobre los adolescentes y jóvenes.
La guitarra se convirtió en una imagen de aquella disputa.
Rodríguez Saá contrapuso el piano —aceptado por los adultos y atado físicamente al hogar— con una guitarra que podía trasladarse, reunir jóvenes y escapar de la vigilancia familiar.
“El Rock and Roll triunfa porque es el chico, el adolescente, el joven que sale de la custodia de los padres”, sostuvo.
Los Beatles, el pelo largo y la rebelión
El pelo largo de los Beatles también apareció como un símbolo.
Rodríguez Saá recordó una sociedad en la que los controles atravesaban la familia y la escuela. En ese contexto, una modificación estética podía adquirir una dimensión mucho mayor.
“El pelo largo, la rebelión de los jóvenes. La rebelión de los jóvenes contra el autoritarismo de los padres”, definió.
Los grandes conciertos, Woodstock, la movilización juvenil, la oposición a Vietnam y los cambios generacionales fueron enlazándose en su exposición.
También abordó transformaciones vinculadas con las mujeres y la sexualidad, como la aparición de la píldora anticonceptiva y la bikini, y sumó al recorrido el Concilio Vaticano II, el cine europeo y fenómenos de la cultura popular como James Bond.
El objetivo parecía ser mostrar que una década no se explica exclusivamente desde los gobiernos y las guerras. También se comprende desde aquello que escuchaban los jóvenes, cómo se vestían, qué discutían con sus padres y cuáles eran los límites sociales que comenzaban a cuestionar.
Y finalmente apareció San Luis
Después de viajar por Washington, Moscú, Cuba, Vietnam, el Vaticano y los escenarios de la revolución cultural, Rodríguez Saá llevó el relato al lugar desde el cual estaba hablando. San Luis.
“San Luis tenía la mitad de población de hoy. Eran las cuatro avenidas y casi nada más”, recordó.
La frase cambió la escala del conversatorio.
La Guerra Fría y los Beatles quedaron como telón de fondo y apareció aquella pequeña ciudad que Rodríguez Saá conoció siendo niño y adolescente.
Pidió imaginar una capital prácticamente limitada por las cuatro avenidas y mencionó algunos de los barrios que existían entonces. Luego comenzó a reconstruir el mapa educativo de aquel San Luis: la Escuela Normal, la Normal de Mujeres, el Colegio Nacional, la Escuela Industrial y los establecimientos secundarios que funcionaban durante la noche.
Era el momento en que la historia mundial se encontraba definitivamente con la historia personal.
La Mixta de los guardapolvos tableados
Los recuerdos se hicieron entonces pequeños, cotidianos y reconocibles. Rodríguez Saá volvió a la primaria. Recordó que los chicos salían a jugar en el sector próximo al mástil y que utilizaban guardapolvos. Los varones, particularmente los hijos de maestras o docentes según su relato, llevaban guardapolvos tableados.
No era precisamente un recuerdo agradable. “Nos sentíamos tan mal. Era tan feo”, dijo.
Contó que aquellas prendas requerían un enorme trabajo de las madres, que debían planchar las tablas y utilizar almidón. Y agregó una imagen que trasladó al auditorio directamente a los recreos de aquella época: jugar al fútbol con esos guardapolvos duros era “terrible”.
También recordó a compañeros humildes que utilizaban guardapolvos más sencillos, sin tablas y casi transparentes. Paradójicamente, aquellos eran los que despertaban su envidia porque resultaban mucho más cómodos.
Las manos, las uñas y la temida “nota de aseo”
La disciplina escolar ocupó otro tramo especialmente personal. Al ingresar a la escuela, recordó, los alumnos tenían que mostrar las manos. Las uñas debían estar cortas y perfectamente limpias.
Si el control no era superado llegaba la temida “nota de aseo”. “Llegar con una nota de aseo a la casa era lo peor que te podía pasar”, recordó.
El paso del tiempo, sin embargo, le permitió revisar aquella disciplina con otros ojos. Rodríguez Saá planteó que no existía demasiado margen para explicar las circunstancias de cada alumno. Puso como ejemplo a un chico que hubiera trabajado con tierra o plantas y que, pese a lavarse, pudiera conservar alguna marca debajo de las uñas.
“Yo pienso ahora que no había derecho a réplica”, reflexionó.
Es quizás uno de los pasajes que mejor muestra la característica que tuvo el conversatorio: el hombre que recuerda al niño que fue, pero analiza aquellas experiencias desde el presente.
“Maestras excepcionales”
La severidad de ciertas reglas no derivó en una mirada amarga sobre la escuela ni sobre quienes enseñaban.
Al contrario.
Después de recordar los guardapolvos, los controles y las notas de aseo, Rodríguez Saá hizo una reivindicación explícita de sus docentes.
“Teníamos unas maestras excepcionales, divinas, buenísimas, grandes maestras, grandes maestros”, expresó.
Y comenzó a rescatar nombres de quienes habían formado parte de su infancia. La transcripción disponible se interrumpe precisamente cuando empieza a recordar a una de sus maestras: “Me acuerdo, maestra mía, que fue la señora (...) Filomena Ojeda...”.
La historia grande contada desde un pupitre
La exposición de Rodríguez Saá tuvo una particularidad: comenzó hablando de cómo debe mirarse la historia y terminó recordando cómo debían presentarse las manos de un alumno antes de entrar a clase.
En el medio quedaron la Guerra Fría, Kennedy, Fidel Castro, la crisis de los misiles, Gagarin, la llegada a la Luna, la proscripción del peronismo, Cosquín, los Beatles, el pelo largo, la bikini, el Concilio Vaticano II y la transformación cultural de toda una generación.
Pero el destino final de ese viaje fue San Luis. Y dentro de San Luis, la Mixta.
La institución funcionó durante el conversatorio como algo más que el lugar físico de la charla. Fue el punto desde donde Rodríguez Saá relacionó la historia mundial con su propia memoria: el edificio en el que estudió, se formó, tuvo maestros y compartió la experiencia escolar con otros chicos de una ciudad muy distinta a la actual.
Así, la década del 60 dejó de ser solamente una sucesión de acontecimientos históricos.
Se convirtió también en el recuerdo de una guitarra que comenzaba a desafiar al piano, un pelo demasiado largo para las reglas de la época, un guardapolvo incómodo para jugar al fútbol, unas uñas inspeccionadas antes de entrar a clase y una nota de aseo capaz de transformar el regreso a casa en un problema.
Fue, en definitiva, su década del 60: contada desde una identidad que Rodríguez Saá se encargó de explicitar desde el comienzo —peronista, puntana y normalista— y desde la memoria de quien regresó a la escuela en la que alguna vez fue alumno para hablarles, varias décadas después, a nuevos alumnos.
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