Del discurso presidencial al algoritmo: ¿quién decide lo que sabemos?
El Gobierno Nacional designó a un filósofo en la Dirección General del Discurso, un cargo que nació en la administración macrista aunque con otra función. ¿Quién selecciona las ideas con las que una sociedad construye su conversación? Por Fernando de Vargas.
Hay noticias que parecen hablar solamente de la política del presente, pero que, si se las mira con un poco más de distancia, permiten formular preguntas bastante más antiguas que cualquier gobierno.
La designación de Martín Ariel Polakiewicz como director nacional de Discurso volvió a poner en escena una función que no nació con la actual administración. Durante el gobierno de Mauricio Macri, en 2016, existió una Dirección General de Discurso dentro de la estructura de la Presidencia. Su responsabilidad era asistir en el diseño de los discursos presidenciales, investigar información y políticas públicas, validar datos y elaborar contenidos para las intervenciones del Presidente.
Ahora esa función reaparece con otra estructura y en un ecosistema comunicacional completamente diferente. El nuevo director, licenciado en Filosofía, se incorpora a un área que combina discurso, monitoreo y comunicación digital. Entre sus responsabilidades está colaborar en los lineamientos discursivos del Presidente, supervisar contenidos y participar en la definición de prioridades temáticas y narrativas de gobierno.
Hasta aquí, nada demasiado extraño. Los gobiernos necesitan comunicar. Y desde que existe la política existe también la necesidad de encontrar las palabras capaces de explicar, convencer, ordenar o interpretar una determinada época.
Pero quizá haya algo más interesante detrás de esta noticia. La pregunta ya no es solamente quién escribe el discurso de un gobierno, sino quién selecciona las ideas con las que una sociedad construye su conversación.
Durante buena parte de la historia, esa tarea estuvo distribuida entre políticos, periodistas, escritores, docentes, universidades, bibliotecas, editoriales, investigadores, archivos y lectores. Nunca fue una distribución perfecta. Siempre hubo instituciones con mayor capacidad para imponer una agenda y voces con mayor posibilidad de ser escuchadas.
Sin embargo, existía una cierta materialidad del conocimiento. Un libro estaba allí. Un diario podía guardarse. Una carta podía sobrevivir durante décadas en una caja. Un archivo podía ser consultado por alguien que ni siquiera conocía a quien lo había producido.
Ahora estamos entrando en otro territorio.
La inteligencia artificial puede reunir, procesar y relacionar en segundos una cantidad de información que ningún individuo podría abarcar durante toda su vida. Esa posibilidad es extraordinaria. Pero precisamente por eso aparece una pregunta: ¿qué sucede cuando buena parte de nuestro acceso al conocimiento comienza a depender de sistemas capaces de seleccionar, ordenar y presentar aquello que consideramos conocimiento?
No hace falta imaginar una conspiración. Tampoco afirmar que alguien está destruyendo bibliotecas para reemplazarlas por servidores. No tenemos elementos para sostener semejante afirmación. El problema puede ser mucho más sencillo y, quizás por eso, más profundo.
Supongamos que algún día aceptamos como razonable la idea de que los libros, documentos, diarios, cartas y archivos físicos ya no son necesarios porque “todo está digitalizado”.
La pregunta inmediata sería: ¿todo?
Digitalizar no significa necesariamente conservar para siempre. Significa transformar algo en información que puede ser almacenada, reproducida y consultada mediante determinadas tecnologías. Pero alguien debe conservar los archivos, mantener los servidores, administrar las plataformas y decidir los criterios mediante los cuales encontramos aquello que buscamos.
Y cuando el acceso al conocimiento depende cada vez más de intermediarios tecnológicos, aparece una nueva forma de poder.
No necesariamente el poder de ocultar. También el poder de jerarquizar.
Qué aparece primero. Qué se considera relevante. Qué se resume. Qué se relaciona con qué. Qué queda fuera de una respuesta. Qué documentos sobreviven a una migración tecnológica y cuáles se pierden en el camino.
La inteligencia artificial puede darnos la sensación paradójica de que sabemos más precisamente cuando hemos dejado de recorrer directamente las fuentes.
Antes buscábamos un libro. Después buscamos en Google. Ahora podemos preguntarle a una inteligencia artificial. Cada paso facilita el acceso, pero también agrega una capa entre nosotros y aquello que queremos conocer.
Por eso resulta interesante volver a la noticia del nuevo director de Discurso. Un gobierno necesita personas que ordenen sus ideas y las conviertan en palabras públicas. Eso ocurre desde hace mucho tiempo y no constituye por sí mismo una novedad política.
La novedad de nuestra época está en que esa misma lógica de selección, síntesis y ordenamiento comienza a trasladarse al territorio del conocimiento.
Podríamos terminar viviendo en una sociedad con millones de usuarios, millones de preguntas y millones de respuestas, pero con una cantidad relativamente pequeña de sistemas capaces de organizar aquello que aparece como respuesta.
Entonces la discusión deja de ser solamente tecnológica. Se convierte en una discusión cultural. ¿Quién decide lo que sabemos?
La pregunta no implica sospechar de una persona, un gobierno o una empresa determinada. Es una pregunta sobre el futuro de la cultura.
Porque una biblioteca no sirve solamente para encontrar respuestas. También sirve para encontrar preguntas que nadie había formulado.
Un archivo no conserva únicamente información útil. Conserva aquello que todavía no sabemos que algún día necesitaremos.
Y un libro tiene una particularidad que ninguna búsqueda automática puede reemplazar completamente: puede permanecer cerrado durante cincuenta años esperando a que alguien lo abra.
Tal vez por eso, en tiempos de inteligencia artificial, conservar libros y documentos no sea un gesto nostálgico. Sea una forma de soberanía cultural.
Podemos celebrar que las máquinas sean capaces de acceder a millones de páginas. Podemos utilizar la inteligencia artificial para investigar, comparar, traducir y aprender. Pero sería extraño que, precisamente cuando las máquinas empiezan a necesitar cada vez más conocimiento para funcionar, los seres humanos decidieran que ya no necesitan conservar los lugares donde ese conocimiento permanece.
Quizás el verdadero desafío no sea elegir entre el libro y el algoritmo, sino impedir que uno termine reemplazando nuestra relación con el otro.
Porque una sociedad puede tener máquinas capaces de responder casi cualquier pregunta. Pero si algún día unas pocas infraestructuras son capaces de decidir qué preguntas llegan a formularse, el problema ya no será cuánto sabe la inteligencia artificial.
Será quién conserva, organiza y pone a disposición aquello que la inteligencia artificial puede llegar a saber. Y esa pregunta no pertenece solamente al futuro. Empieza en el presente.
Y también, como casi todas las preguntas importantes sobre la cultura, comienza en una biblioteca o en una librería.
LA MEJOR OPCIÓN PARA VER NUESTROS CONTENIDOS
Suscribite a El Diario de la República y tendrás acceso primero y mejor para leer online el PDF de cada edición papel del diario, a nuestros suplementos y a los clasificados web sin moverte de tu casaMás Noticias
