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Los ministerios pasaron a ser títulos nobiliarios

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Los ministerios pasaron a ser títulos nobiliarios

Carlos Etchepare

Se fue Buryaile y llegó Etchevehere.

Un comienzo poco auspicioso

Después de la crisis entre el Gobierno y el campo del año 2008, la única concesión que Cristina Fernández le hizo al sector fue darle rango de ministerio nacional. Durante su mandato pasaron por el cargo un político de la provincia de Buenos Aires como Julián Domínguez, un ignoto personaje que nada tenía que ver con el campo como Norberto Yahuar (previo reconocimiento de no estar capacitado para ejercer el cargo de ministro) y Carlos Casamiquela, un ingeniero de importante trayectoria en el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA). Este último alentó alguna esperanza de cambios positivos en el área, pero nada de eso pasó. En el mejor de los casos, según comentan algunos ex funcionarios off the récord, lo mejor que pudieron hacer fue impedir que la presidenta de entonces tomara medidas más negativas respecto del campo, que claramente no era de su agrado y lo demostró a lo largo de toda su gestión.
En síntesis, el gobierno de Cristina Fernández le devolvió al “campo” el rango de ministerio pero le asignó una importancia menor a la de un funcionario de “quinta línea” del Poder Ejecutivo Nacional. Tal como lo mencionáramos en su momento, la importancia no es el nombre del cargo sino la relevancia que se le asigne al tema en las decisiones que tome el máximo responsable de la administración nacional.

 

“Y llegó el cambio”

En su llegada al poder, Mauricio Macri no sólo mantuvo el rango, sino que además le asignó el “pomposo” nombre de Ministerio de Agroindustria. Claro, junto con ese “nuevo relanzamiento del área” nombró otros 21 ministros, prácticamente duplicando los existentes en la administración anterior. Y lo que es peor aún, superponiendo funciones al crear ministerios tales como Producción o Medio Ambiente, o no estableciendo claramente los límites para otras áreas tales como Transporte, Ciencia y Tecnología, Modernización, Interior, Relaciones Exteriores, Hacienda, Finanzas, Energía, Trabajo y sus respectivas secretarías. Esto provocó y provoca aún una sucesión de confusiones sobre las responsabilidades de cada uno. Se superpusieron y se contradijeron en resoluciones tomadas para los mismos fines.  Para evitar esto, se crearon dentro de la Jefatura de Gabinete áreas de coordinación cuyo fracaso en la gestión surge claramente cuando se observan los temas en los cuales hubo desinteligencias que llevaron a notorios fracasos de la actual administración.
Ejemplos sobran: política de biocombustibles, ley de semillas, recurrentes crisis en las economías regionales, los problemas que afrontaron Cresta Roja y SanCor entre otras empresas; los inconvenientes que se presentan con el actual proyecto de reforma tributaria y así podríamos seguir con una larga lista de situaciones sin definición o mal definidas, cuya principal causa es la intervención, en muchos casos, de funcionarios improvisados, con amplio desconocimiento del tema tratado. O lo que es peor, por la intervención de funcionarios que defienden lobbys sectoriales en los cuales desarrollaron su actividad hasta días antes de asumir.
Hace pocos días, Juan José Llach manifestó que “aunque usual, nunca me pareció bien dar ministerios a miembros de corporaciones. Ni en educación, ni en industria, ni en agro, nunca”.
Mauricio Macri, en razón de la resistencia que despertaba su candidato al ministerio, que no era otro que Luis Miguel Etchevehere, el presidente de la Sociedad Rural Argentina, quien durante la campaña electoral se convirtió en un dirigente macrista desde el cargo que ostentaba en una entidad gremial empresaria, tuvo que nombrar a la fuerza a otro dirigente. El elegido también había surgido de una entidad del campo, pero ya en ese momento era un dirigente político, diputado nacional por la UCR de Formosa y quien tenía el beneplácito del entonces ministro de Economía, Alfonso de Prat Gay, del resto del gabinete y de gran parte del sector agroindustrial, apoyo con el que no contaba Luis Miguel Etchevehere. Así llegó Ricardo Buryaile, quien fue uno de los primeros dirigentes formoseños en apoyar la candidatura del empresario devenido en político.
La política no es fútbol
Buryaile fue ministro, pero sin equipo propio. El presidente Macri le impuso a prácticamente todos sus funcionarios, provenientes en su mayoría de la Fundación Pensar, quienes durante varios meses previos trabajaron a las órdenes del nombrado ministro de la Producción, Francisco Cabrera, y de su secretario de Comercio, Miguel Braun (primo del jefe de Gabinete y perteneciente a la familia propietaria de, entre otras empresas, los supermercados La Anónima).
Evidentemente el trabajo del ministro con equipo ajeno no debe de haber resultado el más sencillo. Es inimaginable nombrar un director técnico para un equipo y después no dejarle elegir los jugadores. Aunque también es cierto que cada uno es libre de decidir aceptar o no las condiciones del cargo que se le ofrece.
Las internas y las desinteligencias dentro del ministerio estuvieron desde el primer día condicionando el mejor cumplimiento de sus funciones. Sin embargo, la decisión de Macri de dar rápido cumplimiento a las promesas electorales, como la eliminación en la mayor parte de los casos de los derechos de exportación, la apertura de exportaciones, y las modificaciones cambiarias que eliminaron el cepo y la reinserción de la Argentina en los mercados mundiales, le permitieron al ministro tener la misma “luna de miel” que se le facilitó el presidente. Aunque todo el tiempo, y en diferentes reuniones como las mantenidas con la creada por algunos sectores interesados y denominada ”Mesa de Carnes”, demostraron que el presidente no confiaba totalmente en su equipo propio de agroindustria.
La interacción pública–privada es un gran avance, pero para ello cada organismo público debe cumplir la función para la cual está designado y no puede ser reemplazada por el “privado amigo del presidente”. Eso pasó durante los casi dos años de gestión de Cambiemos en el área de agroindustria.

 

El fin de la luna de miel

Previo a las elecciones legislativas surgieron versiones de la desaparición del Ministerio de Agroindustria. Muchos de esos comentarios de pasillo surgían de funcionarios de segunda línea del propio ministerio o del Ministerio de la Producción, que eventualmente se iba a hacer cargo de las responsabilidades de agroindustria.
Se especulaba con el  pase de Buryaile a la candidatura a senador nacional por su provincia, Formosa. En los corrillos se comenta que a pesar de poder haber ganado la interna que debía sostener con quien finalmente fue el candidato (Luis Naidenhoff), el presidente Macri le pidió que continuara en su cargo, según lo aseguró el propio jefe de Gabinete, Marcos Peña. Buryaile debía permanecer en el gabinete porque "Macri consideraba", según las fuentes, que ésa era su mejor posición para dar el salto a la candidatura a la Gobernación de Formosa en 2019.
Cabe señalar que durante su gestión, y aun sin poder resolver totalmente los problemas por la falta de poder de decisión ya mencionada, Buryaile cumplió una función más que aceptable, impidiendo a través del diálogo permanente la profundización de conflictos latentes que seguramente ahora quedan para resolución del nuevo ministro.
En varias ocasiones, inclusive, Buryaile debió hacer frente a errores como el de las negociaciones con EE.UU. por el tema biocombustibles, la apertura del mercado de carne de cerdo, o la falta de resolución en algunos temas que tocan a las economías regionales.
Es que pasadas las legislativas, y para sorpresa de todos, Macri reemplazó a uno de sus mejores ministros (como ya lo había hecho con Prat Gay y Malcorra o con Isela Constantini en Aerolíneas) y puso en su lugar a un “macrista” de la primera hora como Luis Miguel Etchevehere. Sorpresa y capricho cumplido. Pero el Presidente está en su derecho de ejercer el poder que le otorga el pueblo a través de sus votos. Y también será el responsable del éxito o el fracaso del nuevo ministro, como lo fue del anterior. Y como también lo es de casos tan extraños como el del rabino Sergio Bergman, por nombrar solo uno de los muchos ministros inexplicables que existen hoy en la Argentina.

 

(M)ontescos vs. (K)apuletos o ver la realidad

Llegado a este punto y hecho todo este desarrollo, con toda la subjetividad que el mismo puede tener y que el lector sabrá evaluar, recuerdo las palabras de algún funcionario pasado que me decía “cambio el cargo de ministro de Agricultura por un escritorio al lado del ministro de Economía”. Hoy podríamos reemplazar el de ministro de Economía por el jefe de Gabinete y estaríamos en la misma situación.
La política en la Argentina y en el mundo, y en particular sus dirigentes, están pasando por una crisis sin antecedentes. La sociedad en su conjunto, de donde surgen esos políticos, no puede desconocer esa realidad. Hoy la Argentina tiene en sus máximos organismos ejecutivos a funcionarios cuyo origen no es la política. Más allá de cuestiones de forma, el cambio prometido está lejos. Tal vez porque muchos de los actuales funcionarios formaron parte de las empresas que hicieron los cuestionados “negocios” con el gobierno anterior.
Porque tenemos una justicia “autocondicionada” al poder político antes y ahora. Porque tenemos una sociedad dividida entre Montescos (M) y Capuletos (K) y ya sabemos cómo terminaron Romeo y Julieta. Ojalá aprendamos a tiempo para producir el cambio en serio.
Mientras tanto, desde estas líneas le deseamos la mejor de las gestiones al nuevo ministro de Agroindustria. Pero como nos permitimos hacer con los amigos, le recordamos que en nuestro país ése es un cargo honorífico. Algo así como un título nobiliario. Según la definición: un título nobiliario es un privilegio legal concedido desde la antigüedad, que distingue a los miembros de la nobleza. Pero, agregado propio, en la actualidad su poder ha quedado invalidado.
En la Argentina actual los títulos nobiliarios sólo se manifiestan con traspaso de poder en el caso del sindicalismo, ya que los títulos nobiliarios tienen, en su mayoría, carácter hereditario. La sucesión recae en el hijo o hija primogénito del anterior poseedor. Claro está que en el caso de nuestro sector debe recordarse que un sindicalista paradigmático como fue Gerónimo Venegas, fue homenajeado por el actual presidente y su nuevo ministro y días después su propia hija confirmó que, para ser finos, el homenaje resultaba algo exagerado por el verdadero comportamiento del señor en cuestión. Cosas de la política argentina, en donde la deslealtad es lo que debería celebrarse para tener a quien homenajear, ya que es muy difícil encontrar a leales.
 

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Los ministerios pasaron a ser títulos nobiliarios

Se fue Buryaile y llegó Etchevehere.

Un comienzo poco auspicioso

Después de la crisis entre el Gobierno y el campo del año 2008, la única concesión que Cristina Fernández le hizo al sector fue darle rango de ministerio nacional. Durante su mandato pasaron por el cargo un político de la provincia de Buenos Aires como Julián Domínguez, un ignoto personaje que nada tenía que ver con el campo como Norberto Yahuar (previo reconocimiento de no estar capacitado para ejercer el cargo de ministro) y Carlos Casamiquela, un ingeniero de importante trayectoria en el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA). Este último alentó alguna esperanza de cambios positivos en el área, pero nada de eso pasó. En el mejor de los casos, según comentan algunos ex funcionarios off the récord, lo mejor que pudieron hacer fue impedir que la presidenta de entonces tomara medidas más negativas respecto del campo, que claramente no era de su agrado y lo demostró a lo largo de toda su gestión.
En síntesis, el gobierno de Cristina Fernández le devolvió al “campo” el rango de ministerio pero le asignó una importancia menor a la de un funcionario de “quinta línea” del Poder Ejecutivo Nacional. Tal como lo mencionáramos en su momento, la importancia no es el nombre del cargo sino la relevancia que se le asigne al tema en las decisiones que tome el máximo responsable de la administración nacional.

 

“Y llegó el cambio”

En su llegada al poder, Mauricio Macri no sólo mantuvo el rango, sino que además le asignó el “pomposo” nombre de Ministerio de Agroindustria. Claro, junto con ese “nuevo relanzamiento del área” nombró otros 21 ministros, prácticamente duplicando los existentes en la administración anterior. Y lo que es peor aún, superponiendo funciones al crear ministerios tales como Producción o Medio Ambiente, o no estableciendo claramente los límites para otras áreas tales como Transporte, Ciencia y Tecnología, Modernización, Interior, Relaciones Exteriores, Hacienda, Finanzas, Energía, Trabajo y sus respectivas secretarías. Esto provocó y provoca aún una sucesión de confusiones sobre las responsabilidades de cada uno. Se superpusieron y se contradijeron en resoluciones tomadas para los mismos fines.  Para evitar esto, se crearon dentro de la Jefatura de Gabinete áreas de coordinación cuyo fracaso en la gestión surge claramente cuando se observan los temas en los cuales hubo desinteligencias que llevaron a notorios fracasos de la actual administración.
Ejemplos sobran: política de biocombustibles, ley de semillas, recurrentes crisis en las economías regionales, los problemas que afrontaron Cresta Roja y SanCor entre otras empresas; los inconvenientes que se presentan con el actual proyecto de reforma tributaria y así podríamos seguir con una larga lista de situaciones sin definición o mal definidas, cuya principal causa es la intervención, en muchos casos, de funcionarios improvisados, con amplio desconocimiento del tema tratado. O lo que es peor, por la intervención de funcionarios que defienden lobbys sectoriales en los cuales desarrollaron su actividad hasta días antes de asumir.
Hace pocos días, Juan José Llach manifestó que “aunque usual, nunca me pareció bien dar ministerios a miembros de corporaciones. Ni en educación, ni en industria, ni en agro, nunca”.
Mauricio Macri, en razón de la resistencia que despertaba su candidato al ministerio, que no era otro que Luis Miguel Etchevehere, el presidente de la Sociedad Rural Argentina, quien durante la campaña electoral se convirtió en un dirigente macrista desde el cargo que ostentaba en una entidad gremial empresaria, tuvo que nombrar a la fuerza a otro dirigente. El elegido también había surgido de una entidad del campo, pero ya en ese momento era un dirigente político, diputado nacional por la UCR de Formosa y quien tenía el beneplácito del entonces ministro de Economía, Alfonso de Prat Gay, del resto del gabinete y de gran parte del sector agroindustrial, apoyo con el que no contaba Luis Miguel Etchevehere. Así llegó Ricardo Buryaile, quien fue uno de los primeros dirigentes formoseños en apoyar la candidatura del empresario devenido en político.
La política no es fútbol
Buryaile fue ministro, pero sin equipo propio. El presidente Macri le impuso a prácticamente todos sus funcionarios, provenientes en su mayoría de la Fundación Pensar, quienes durante varios meses previos trabajaron a las órdenes del nombrado ministro de la Producción, Francisco Cabrera, y de su secretario de Comercio, Miguel Braun (primo del jefe de Gabinete y perteneciente a la familia propietaria de, entre otras empresas, los supermercados La Anónima).
Evidentemente el trabajo del ministro con equipo ajeno no debe de haber resultado el más sencillo. Es inimaginable nombrar un director técnico para un equipo y después no dejarle elegir los jugadores. Aunque también es cierto que cada uno es libre de decidir aceptar o no las condiciones del cargo que se le ofrece.
Las internas y las desinteligencias dentro del ministerio estuvieron desde el primer día condicionando el mejor cumplimiento de sus funciones. Sin embargo, la decisión de Macri de dar rápido cumplimiento a las promesas electorales, como la eliminación en la mayor parte de los casos de los derechos de exportación, la apertura de exportaciones, y las modificaciones cambiarias que eliminaron el cepo y la reinserción de la Argentina en los mercados mundiales, le permitieron al ministro tener la misma “luna de miel” que se le facilitó el presidente. Aunque todo el tiempo, y en diferentes reuniones como las mantenidas con la creada por algunos sectores interesados y denominada ”Mesa de Carnes”, demostraron que el presidente no confiaba totalmente en su equipo propio de agroindustria.
La interacción pública–privada es un gran avance, pero para ello cada organismo público debe cumplir la función para la cual está designado y no puede ser reemplazada por el “privado amigo del presidente”. Eso pasó durante los casi dos años de gestión de Cambiemos en el área de agroindustria.

 

El fin de la luna de miel

Previo a las elecciones legislativas surgieron versiones de la desaparición del Ministerio de Agroindustria. Muchos de esos comentarios de pasillo surgían de funcionarios de segunda línea del propio ministerio o del Ministerio de la Producción, que eventualmente se iba a hacer cargo de las responsabilidades de agroindustria.
Se especulaba con el  pase de Buryaile a la candidatura a senador nacional por su provincia, Formosa. En los corrillos se comenta que a pesar de poder haber ganado la interna que debía sostener con quien finalmente fue el candidato (Luis Naidenhoff), el presidente Macri le pidió que continuara en su cargo, según lo aseguró el propio jefe de Gabinete, Marcos Peña. Buryaile debía permanecer en el gabinete porque "Macri consideraba", según las fuentes, que ésa era su mejor posición para dar el salto a la candidatura a la Gobernación de Formosa en 2019.
Cabe señalar que durante su gestión, y aun sin poder resolver totalmente los problemas por la falta de poder de decisión ya mencionada, Buryaile cumplió una función más que aceptable, impidiendo a través del diálogo permanente la profundización de conflictos latentes que seguramente ahora quedan para resolución del nuevo ministro.
En varias ocasiones, inclusive, Buryaile debió hacer frente a errores como el de las negociaciones con EE.UU. por el tema biocombustibles, la apertura del mercado de carne de cerdo, o la falta de resolución en algunos temas que tocan a las economías regionales.
Es que pasadas las legislativas, y para sorpresa de todos, Macri reemplazó a uno de sus mejores ministros (como ya lo había hecho con Prat Gay y Malcorra o con Isela Constantini en Aerolíneas) y puso en su lugar a un “macrista” de la primera hora como Luis Miguel Etchevehere. Sorpresa y capricho cumplido. Pero el Presidente está en su derecho de ejercer el poder que le otorga el pueblo a través de sus votos. Y también será el responsable del éxito o el fracaso del nuevo ministro, como lo fue del anterior. Y como también lo es de casos tan extraños como el del rabino Sergio Bergman, por nombrar solo uno de los muchos ministros inexplicables que existen hoy en la Argentina.

 

(M)ontescos vs. (K)apuletos o ver la realidad

Llegado a este punto y hecho todo este desarrollo, con toda la subjetividad que el mismo puede tener y que el lector sabrá evaluar, recuerdo las palabras de algún funcionario pasado que me decía “cambio el cargo de ministro de Agricultura por un escritorio al lado del ministro de Economía”. Hoy podríamos reemplazar el de ministro de Economía por el jefe de Gabinete y estaríamos en la misma situación.
La política en la Argentina y en el mundo, y en particular sus dirigentes, están pasando por una crisis sin antecedentes. La sociedad en su conjunto, de donde surgen esos políticos, no puede desconocer esa realidad. Hoy la Argentina tiene en sus máximos organismos ejecutivos a funcionarios cuyo origen no es la política. Más allá de cuestiones de forma, el cambio prometido está lejos. Tal vez porque muchos de los actuales funcionarios formaron parte de las empresas que hicieron los cuestionados “negocios” con el gobierno anterior.
Porque tenemos una justicia “autocondicionada” al poder político antes y ahora. Porque tenemos una sociedad dividida entre Montescos (M) y Capuletos (K) y ya sabemos cómo terminaron Romeo y Julieta. Ojalá aprendamos a tiempo para producir el cambio en serio.
Mientras tanto, desde estas líneas le deseamos la mejor de las gestiones al nuevo ministro de Agroindustria. Pero como nos permitimos hacer con los amigos, le recordamos que en nuestro país ése es un cargo honorífico. Algo así como un título nobiliario. Según la definición: un título nobiliario es un privilegio legal concedido desde la antigüedad, que distingue a los miembros de la nobleza. Pero, agregado propio, en la actualidad su poder ha quedado invalidado.
En la Argentina actual los títulos nobiliarios sólo se manifiestan con traspaso de poder en el caso del sindicalismo, ya que los títulos nobiliarios tienen, en su mayoría, carácter hereditario. La sucesión recae en el hijo o hija primogénito del anterior poseedor. Claro está que en el caso de nuestro sector debe recordarse que un sindicalista paradigmático como fue Gerónimo Venegas, fue homenajeado por el actual presidente y su nuevo ministro y días después su propia hija confirmó que, para ser finos, el homenaje resultaba algo exagerado por el verdadero comportamiento del señor en cuestión. Cosas de la política argentina, en donde la deslealtad es lo que debería celebrarse para tener a quien homenajear, ya que es muy difícil encontrar a leales.
 

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